jueves, 25 de febrero de 2010

1984, GEORGE ORWELL

Una visión futurista del abuso de poder por parte de ciertos sectores de la sociedad jerárquica que desde la Edad Media hasta nuestros días está instaurada en nuestras vidas.
Es un libro que habla sobre la DESTRUCCIÓN, la NADA, la DESESPERANZA.
La ANULACIÓN del individuo como tal.
Su conversión en un robot DESHUMANIZADO.
Fácil de leer, pero duro.
Podría haberse desarrollado mejor, pero la idea y el mensaje son buenísimos.


jueves, 18 de febrero de 2010

PEDRO PÁRAMO, JUAN RULFO

En esta historia de murmullos no hay un principio y un final, sino que vamos conociendo poco a poco la historia de los habitantes del pueblo con las voces de la memoria. A saltos, por boca de distintos narradores, te formas una idea de cómo era vivir allí.
Comala es todo tierra y Juan Rulfo no para de hablar sobre ella y de mostrarla de mil maneras. Todo sabe a tierra.
Me ha gustado mucho cómo está escrito. Tiene trozos muy poéticos y con una enorme sensibilidad.
En general, impactante.

Dos párrafos lapidarios (nunca mejor dicho):
"Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Éste es uno de esos pueblos."
"¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?"

martes, 12 de enero de 2010

OBJETOS FRÁGILES, NEIL GAIMAN


Recopilatorio de cuentos fantásticos y de terror del maestro creador de mundos paralelos.
La sensación general ha sido de entrar en un mundo fantástico pero oscuro, como otra realidad jamás vivida que, pese a tener elementos atractivos, es tenebrosa.
Algunos fragmentos que me han gustado:

Le preguntaron al criado de San Germain si era verdad que su amo tenía mil años, tal como se rumoreaba que él mismo había proclamado.
- ¿Y cómo voy a saberlo?- replicó el hombre-. Yo sólo llevo trescientos años a su servicio.
(Quince cartas de un tarot vampírico)

Creo que el mundo se acabará en blanco y negro, como una película antigua.
Es posible que mientras tengamos colores podamos salir adelante.
(Fragmentos de un diario encontrado en una caja de zapatos olvidada en un autobús de línea en algún punto entre Tulsa, Oklahoma, y Louisville, Kentucky)


No envidies a tu hermana:
soltar rosas y diamantes por la boca
no es menos molesto que
soltar sapos y culebras:
los diamantes son fríos y duros, y además cortan.
(Instrucciones)


No es que ella esté esperando. No exactamente. Es más bien que los años ya no significan nada para ella, que ni los sueños ni la calle pueden conmoverla.
Permanece en los márgenes del tiempo, implacable, incólume, más allá de todo, y un buen día abrirás los ojos y la verás; y justo después, la oscuridad.
No será como recoger la cosecha. Más bien te arrancará, suavemente, como si fueras una pluma o una flor para adornar su cabello.
(Niñas extrañas)

Incluye también algún poema como éste:

La danza de las hadas

Si volviera a ser joven otra vez, cuando sueños
y muerte me parecían tan lejanos,
No dividiría mi alma en dos, ni dejaría
una mitad en el mundo de los hombres,
para que mi otra mitad se quedara en casa,
buscando en vano el País de las Hadas,
ni caminaría mi alma por
angostos caminos y tortuosos senderos,
donde podría encontrarme con una joven hada que
me sonreiría y me saludaría con tres besos,
y cogería águilas salvajes en pleno vuelo y
me clavaría a un árbol herido por el rayo
Y si mi corazón quisiera apartarse de ella o
escapar, huir de ella,
lo envolvería en un ejambre de estrellas y después
se lo llevaría con ella
Y un día, cuando se cansara de él, se aburriera
y terminara con él,
Lo dejaría junto a un arroyo en llamas, y unos
niños se lo llevarían corriendo.
Se divertirían jugando con él y
lo estirarían hasta hacerlo largo y cruel y delgado,
lo cortarían en cuatro pedazos y después
lo usarían para encordar un violín.
Y pulsarían mi corazón día y noche
tocando una canción
tan lacrimosa, desgarrada y extraña que
todo aquel que la escuchara se pondría a bailar
y a cantar y a dar vueltas y se caería y zapatearía y
seguiría saltando y resbalaría y volvería a bailar
y al final, con ojos brillantes como ascuas, se
desharía en ruedas de oro...

Pero no soy joven ya; sesenta
años hace que se llevaron mi corazón
para tocar su terrible música más allá
del valle del sol.
Miro con sincera envidia a todo aquel que posee
una única alma y no osa exponerse
al viento que sopla más allá de la luna,
a todo aquel que no oye la danza de las hadas.
Si no oyes la danza de las hadas, no
se detendrán para robarte el aliento.
De joven fui un inconsciente. Envolvedme pues
en sueños y muerte.






PURA ANARQUÍA, WOODY ALLEN

Recopilatorio de relatos humorísticos en la línea de las películas de W. Allen: rápidos, ingeniosos, psicoanalíticos y despiadados con la sociedad.
Algunos muy divertidos, otros de relleno y algunos prescindibles.
Es una pena que la calidad sea tan variable en este recopilatorio.
Creo que este tipo de humor tan rápido se explota mejor en una pantalla que por escrito.
Me ha decepcionado un poco.

lunes, 21 de diciembre de 2009

LUNA NUEVA (HOMENAJE)


Foto: Banux
Siendo media noche y con la oscuridad abrazándome por la espalda,
sentí un deseo irrefrenable de salir huyendo de la soledad. La luna, en fase de novilunio, me había abandonado vilmente y sólo las estrellas brillaban con fulgor enfermizo. Su parpadeo caótico me asustaba. Sus guiños me aproximaban a lo inevitable del abismo. Apenas me había alimentado y el cansancio se acumulaba sobre mis alas. Anduve volando por los alrededores del cementerio en aquel crudo diciembre buscando insectos y despojos. El invierno dota de un encanto especial a estos lugares santos. Santos o diabólicos, según se mire, porque hay leyendas de todo tipo sobre ellos.
Mi especie, el cuervo común, carne de historias terroríficas, ha sufrido el desdén de los humanos desde hace siglos y ahora, entrado el año 1800, todavía insisten en la mala suerte de quien nos mira a los ojos y los terribles designios de quien escribe con alguna de nuestras plumas negras. Nuestro graznido ha sido siempre símbolo de malos augurios y nuestro color negro por naturaleza, mal visto. Agotado y consumido por el frío, me posé en una preciosa lápida de mármol rosado con un ángel tallado mirando hacia el cielo. El ángel, con la mirada suplicante y la boca semiabierta, rezaba en silencio cada noche por el alma del difunto encomendado. Fue en ese momento cuando oí un susurro de cantos antiguos proveniente de la lejanía. Giré la cabeza a ambos lados varias veces para descubrir de qué se trataba, pero no conseguí divisar nada. Seguí posado en la tumba, mas sin poder dormir por el gélido viento y todavía impresionado por los cánticos que me había parecido percibir. Al cabo de un rato, volví a escuchar voces femeninas y dulces entonar de nuevo cantos. En ese momento me sobresalté y, volando, me posé en la misma frente del ángel custodio mirando hacia la parte más oscura del cementerio. Entre sombras de árboles meciéndose, distinguí movimientos de formas similares a las humanas bailando caóticamente. Agucé la mirada y lo que pude ver me dejó sin aliento: no eran humanos, sino espectros fantasmales de caras huesudas y harapos descoloridos bailando al son de una música diabólica. De vez en cuando se les escapaba una carcajada capaz de paralizar el corazón más fuerte. Bailaban cogidos de las manos, sus calaveras sonrientes se movían adelante y atrás en una danza frenética. Emití un graznido de terror al observar tan maquiavélica escena y, sin querer, llamé su atención. Dos de estos espectros clavaron las cuencas de sus ojos en mí y, señalándome con sus desnudos índices, empezaron a aproximarse. Presa del terror, mi cuerpo no respondió y, petrificado como el ángel, vi cómo iban acercándose los nauseabundos esqueletos hacia mí moviendo arrítmicamente sus caderas y sus brazos. Intentaban, sin éxito, seguir el compás marcado por la música envolvente, notas que se clavaban en lo más profundo del tímpano como salidas de las bocas de las sirenas. Parecían vivir una ensoñación en la que su voluntad se veía mermada por esa música.
Foto: Banux
Conseguí desentumecer mis alas y salí huyendo de aquel macabro festival sin rumbo. Estaba tremendamente atemorizado cuando divisé una luz en la ventana de una antigua casa. Era la única esperanza viva en aquel valle oscuro y tenebroso. Volé hacia ella y me precipité hasta la ventana golpeándola con parte de mi pico y con la cabeza.
Intenté mantener la calma y tranquilizarme posado en aquel alféizar de piedra, cuando descubrí en el interior de la estancia a un hombre sentado en un escritorio de madera sumido en sus pensamientos. Rondaba la treintena y, con la barbilla apoyada en ambas manos, parecía que dormitaba. Una pluma manchada de tinta negra reposaba al lado de un libro muy grueso lleno de palabras manuscritas y tachones. Su amplia frente aparecía adornada por un único mechón de pelo oscuro. Los ojos enmarcados en sombras, descansaban entreabiertos sobre un bigote recortado que dotaba a su rostro cierto respeto y madurez. De pronto volví a escuchar a lo lejos las malévolas carcajadas de aquellos entes inmundos que se me habían aparecido en el cementerio y me sobresalté. Volví a tropezar contra el cristal de la ventana ante lo cual el hombre despertó de su ensoñación. Abrió los ojos de pronto y los fijó en la puerta situada al lado de la ventana donde yo, atemorizado, aguardaba. A través de las cortinas de seda púrpura que ceñían el cuerpo de la ventana, observé cómo se sobresaltaba y abría la boca para pronunciar algunas palabras. Seguidamente, se levantó del sillón donde reposaba y se dirigió hacia la puerta, abriéndola de par en par mientras seguía profiriendo palabras que, en esta ocasión, conseguí escuchar: “Leonor, Leonor” dijo el hombre en un susurro, y se quedó largo rato mirando con tristeza la oscuridad. Cerró la puerta y volvió al interior de la estancia caminando confuso hacia el lugar donde descansaba su larga y negra capa. La rozó dubitativo, como si fuera a vestirse para salir de la casa y buscar allá donde fuera a su Leonor, pero continuó su itinerario hacia el antiguo escritorio de patas torneadas y se sentó frente al manuscrito.
Foto: Banux

Tras unos instantes, viendo sufrir sobremanera al hombre, volví a llamar al cristal de su ventana para advertirle de los peligros de los muertos, de las ánimas peligrosas que rondan los cementerios en busca de almas desprotegidas para alimentarse de sus recuerdos. Su tal Leonor, no podía ser diferente a los espectros que me habían atemorizado hacía un rato y, asimismo, igual de peligrosa. Al oír de nuevo el ruido provocado por mí, dirigió esta vez su mirada oscura hacia la ventana y se dirigió hacia ella. Decidido, abrió la ventana y entré volando en
su habitación rozando su rostro con las alas hasta posarme, como digno conocedor de lo oculto, sobre el busto de Palas, icono de la sabiduría.

Desde la ventana, el hombre se dirigió hacia mí con palabras secas, angustiosas, preguntando: “¿Cuál es tu nombre, cuervo espectral?”. A lo que yo, fijando mi mirada en la suya, respondí: “Nunca más”. Sorprendido, me lanzó una mirada escrutadora y cerró la ventana para protegerse del gélido viento que fuera amenazaba. Mas, seguidamente, se acercó a mí y murmuró para sí mirando la escultura sobre la que yo me hallaba: “Otros amigos me han dejado, mañana este cuervo también marchará”, a lo que yo, impertérrito respondí: “Nunca más”.

El pobre atormentado comenzó a gesticular gritando repetidamente: “¡Nunca más, nunca más! ¿Acaso tu amo no te ha enseñado a pronunciar otras palabras? ¡Nunca más, nunca más!”, repitió presa del delirio. “¡Monótono pajarraco del infierno!”, acabó diciendo mientras se dirigía a su sillón y caía en él como quien busca ayuda desesperadamente. Me quedé mirándole fijamente, sin apartar la mirada lo más mínimo, quería que supiera que nunca más iba a ver a Leonor, nunca más disfrutaría de su presencia y nunca más debería volver a ver inmundos fantasmas carentes de la personalidad que tenían en vida. Edgar, de quien supe el nombre al leerlo en la cabecera de cada página del manuscrito, no debía pretender reencontrarse con las siniestras apariciones que vuelven del más allá.

“¡Olvida a Leonor!”, profirió de pronto tras el duelo de miradas, “Dime, cuervo maldito, profeta enviado por el mismísimo demonio, ¿hay consuelo más allá?”. “Nunca más”, añadí a sus súplicas e improperios. “Leonor me espera en el más allá. ¡Horrendo cuervo! ¡Dilo! ¡Confiésalo! ¿Cuando muera podré recostarme en el Edén en los brazos de Leonor?”, siguió preguntando fuera de sí. “Nunca más”, acerté a decir, porque, efectivamente, eso no iba a suceder.

Continuó gritando en la alta noche este ser atormentado por la pérdida de su amada, por querer volver con ella, por desear morir para verla de nuevo. Me rogó que volviera a la tempestad de la que provenía sin dejar rastro de mis plumas negras, que le dejara solo, abandonando el busto de Palas. Suplicó que dejara de clavar mi pico en su corazón, a lo que, irremediablemente, respondí: “Nunca más”.

Y nunca más abandoné mi lugar hasta hoy. Jamás emprendí el vuelo y continúo allí posado, con mi sombra reflejada en el suelo de la habitación y el alma de Edgar unida a mí para siempre.

Autora: Yol
Relato publicado en el Recopilatorio del Concurso "Calabazas en el trastero: especial Poe"

VERANO


Un balón que parecía tener más de doscientos colores mezclados rodó por el camino de tierra tan rápido como las piedras lo permitían. Detrás, Juan intentaba alcanzarlo y tropezaba con todas ellas, pero poco le importaba. Tenía prisa. Llegó al pasadizo de madera que dividía el asfalto de la arena, la ciudad del paraíso, las obligaciones de las vacaciones. Tenía tanta prisa que incluso perdió de vista el balón. De pronto, recordó su habitación pintada de azul claro, la litera que compartía con su hermano mayor que se había ido al extranjero, a Gustavo, el peluche que reinaba entre los demás muñecos de la estantería. Recordaba el pasado, pero en ese momento sólo le interesaba el presente: correr hundiendo ahora sus pies en la cálida arena manteniendo el equilibrio. Su respiración iba a mil por hora, sus ojos abiertos brillaban con el sol, al igual que la inmensidad azul que aparecía ante él. Cuando Juan llegó a la orilla, se quedó pasmado mirando el mar. Era la primera vez que lo veía. Eran sus primeras vacaciones en el mar y jamás lo olvidaría.

Autora: Yol
Mención de Honor de Cuento Hiperbreve para Niñas y Niños “Garzón Céspedes” 2009

viernes, 18 de diciembre de 2009

CUENTOS DE JULIO CORTÁZAR

Se han dicho muchas cosas sobre el genio Julio Cortázar. No voy a poner fragmentos de su biografía ni a repetir lo que ya se ha escrito sobre él.
Sólo diré que leer lo que escribió me arranca de la realidad, me transporta. Unas veces, a lugares completamente desconocidos. Otras, a sensaciones ya vividas que creía inenarrables. Un laberinto de palabras, frases que marcaron un antes y un después en mi concepción de la literatura.
Me siento tan libre como él cuando le leo. Me hace feliz.

Desde hace unos meses, otros lectores cortazarianos y yo formamos un miniclub de lectura de sus cuentos cortos en el foro ¡Ábrete libro! ¡Qué decir de ellos! Cada uno a su forma, ama sus palabras e intenta comprender qué quiso decir este genio cuando escribía. Compartir estas lecturas es una de las cosas maravillosas que me pasan los viernes.

¡¡Un abrazo a todos!!