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viernes, 6 de enero de 2017

ASCENSO


Mil novecientos cuarenta, mil novecientos cuarenta y uno, mil novecientos cuarenta y dos… El ascenso era duro, pero su persistencia implacable. Los sucios escalones se desplegaban ante su mirada como un abanico de piedra inexpugnable. Una torre se vislumbraba a lo lejos; un faro, quizá. Su tesón, imperturbable, le recordaba que tenía que llegar a lo más alto, hasta la cima, para poder cumplir con su misión. Una misión que no recordaba quién se la había impuesto o de dónde había salido; ni siquiera si había sido él mismo el promotor de la misma o si obedecía a alguna especie de salvación individual o colectiva. Sólo sabía que era Navidad y que debía seguir ascendiendo.
          Ladeaba la cabeza de vez en cuando, distinguiendo algún pájaro aproximándose a su posición. Le habría gustado detenerse durante un rato, sentarse en uno de aquellos fríos escalones y observarlos. El sueño del hombre: volar. Pequeños jirones de niebla cruzaban a su paso enredándose entre sus piernas. Le habría encantado parar y descubrir sus caprichosas formas y, por qué no, jugar con ellas mientras recobraba el aliento pero, sin planteárselo, continuaba hacia arriba. Y el cielo bajo sus pies.
Dos mil, dos mil uno, dos mil dos… El frío en el rostro ajaba su piel y los profundos surcos que empañaban sus párpados anulaban el brillo que una vez tuvieron sus ojos. El cabello más cano, los huesos dolorosamente débiles y un temblor en las manos provocado por el cansancio y el ansia de llegar al final. Su figura, cada vez más encorvada, ya no se ladeaba para observar las nubes de cuando en cuando o para intentar calmar su piel bajo el cálido sol. Una única finalidad; un destino.

Y dos mil diecisiete. Tensión, nervios y angustia. Una alegría opaca palpitaba en sus sienes mientras se convencía de que por fin había llegado. La cima estaba ahora bajo sus pies. Entonces miró. Al fin sus ojos vieron lo que había allí arriba. Nada. No había nada. Tembló, incluso se ruborizó y, muy lentamente, osó mirar. Desde esa perspectiva, lo que vio abajo le pareció mucho más apetecible que cuando lo tenía al alcance de la mano. Giró sobre sí mismo y contempló la empinada escalera de piedra que había sido su única compañera en todo ese tiempo. Los escalones fríos y grises que se lo habían puesto tan difícil aparecían ahora como una preciosa escalera de caracol plagada de aves volando y volutas de vapor avanzando lentamente. Un camino del que no había disfrutado. Le pareció precioso. Volvió a mirar hacia abajo, hacia el llano que abrazaba a su ciudad, su gente, los festejos navideños. Hacia el calor.

Sólo tuvo que saltar para alcanzarlo.

miércoles, 8 de junio de 2011

MILAGRO EN LA CALLE FLINT

            Lo nuestro fue un flechazo. Yo iba por la calle con prisas, como todos los días, cuando algo llamó mi atención. No pude resistirlo y me detuve en medio de la marabunta de gente que discurría por la calle caminando como si una locura transitoria les hubiera alcanzado a todos a la vez. Después de recibir varios insultos y codazos, me atreví a mirarla de frente. Ahí estaba tan bonita, radiante como una piedra preciosa y sola. Estaba tan sola... En un principio no quise asustarla y continué caminando de manera distraída de un lado a otro de la calle mirándola de vez en cuando con disimulo. También crucé algunas veces a la acera donde ella estaba, pero las dudas me asaltaban y volvía a la mía. A mi acera de la calle Flint de todos los días.
Cualquiera que estuviera observándome desde el balcón de su casa habría pensado que yo era imbécil. Eso o que formaba parte de alguna banda de maleantes que próximamente iba a asaltar su domicilio por la fuerza para llevarse todos los objetos de valor. “Sólo tienes que acercarte y preguntar”, recapacité. “No hay nada malo en ello. Pasa todos los días”, me autoconvencía.  
Ella permanecía inmóvil y dirigía su mirada hacia el infinito. Sin duda estaba esperando a alguien. Me armé de valor y crucé sin mirar. Tras los gritos de un taxista que decía algo sobre mi madre, llegué hasta donde estaba. De cerca todavía era más bonita, más esbelta y con una mirada que embelesaba. Me dirigí hacia ella con la mejor de mis sonrisas pensando que el triunfo era seguro. Y así fue.
            Nos fuimos a vivir juntos enseguida y mi vida cambió por completo. Le hice un hueco en mi apartamento y, como todos los principios, el nuestro fue perfecto. Nos lo pasábamos de película juntos, preparaba cenas románticas y nos necesitábamos tanto el uno al otro… Era feliz. Desde que me levantaba, lo era todo para mí. Cuando tenía que irme al trabajo, se quedaba algo apagada, por eso durante mi jornada laboral no pensaba en otra cosa más que en ella.
Como en todas las relaciones, nuestros inicios fueron muy fogosos. Admito que puso el punto canalla que mi vida necesitaba. Nos quedábamos despiertos hasta las tantas de la noche y me mostraba todo su arsenal de armas de seducción de las que no podía escapar. Sus encantos eran tantos que me volvía loco cada noche. Me tumbaba en el sofá y ella me enseñaba cosas que nunca había visto. Siempre dispuesta, inagotable. Incluso cuando yo ya no podía más, me miraba con ojos mimosos para que lo alargáramos un poquito... ¡Era mi sueño hecho realidad!
Los vecinos nos llamaron la atención unas cuantas veces. Al principio fueron unos tímidos golpecitos en la pared advirtiendo que molestábamos. Siguieron con golpes más fuertes que hicieron retumbar las paredes del salón para, finalmente, acabar gritando de pared a pared “¡Escandaloso!”. La verdad es que cuando estaba con ella perdía el sentido. No sabía lo que hacía, lo que no hacía, si gritaba, si reía, si lloraba... Por eso procuré moderarme para no llamar más la atención. A nadie le interesaba lo que yo hacía en mi sofá con Flavia.
Las consecuencias de esta apasionada relación iban en aumento. Tanto, que empecé a sufrir unos dolores de espalda terribles. Me encantaba el sofá, lo había convertido en nuestro nidito de amor pero resultaba bastante incómodo. Cuando llegaba a la oficina por las mañanas literalmente doblado, mis compañeros no paraban con la guasa.
¡Qué, campeón! Ayer hubo movida, ¿eh?  
Y las risas, muchas de ellas producidas por la envidia, resonaban por todas partes.
No hay quien le diga que no... respondía yo según el manual de comportamiento de los machos en la manada.
A ver si un día nos invitas a tu casa y nos la presentas soltaba otro con rintintín.
Tras ese comentario habría lanzado el bote entero de bolígrafos a la cabeza a ese desgraciado, pero Gutiérrez “el chorizo” había vuelto a operar en mi mesa del despacho, dejando un mísero lápiz sin punta como única arma de trabajo. Pegué un puñetazo sobre el monitor y todos se callaron de pronto. A veces hace falta ponerse duro con quienes se burlan de ti. El problema fue que el jefe estaba presenciando la escena, lo cual seguramente provocó el silencio de esas aves de rapiña, y me tocó aguantar un sermón del quince sobre el sentido del ahorro y de la propiedad ajena. Por suerte, gracias a la tacañería de la empresa, no me cargué el monitor. Esos CRT de quince pulgadas aguantan todo tipo de golpes.
Mis amigos y familia estaban encantados con ella. Flavia siempre sabía estar en su lugar, nunca se excedía y, además, era considerablemente servicial. Yo nunca le pedí tanto, pero ése era su carácter. Disfrutaba complaciéndome. Y pronto descubrí que a los demás también.
Mi madre pasaba a menudo por casa pero, curiosamente, siempre que yo no estaba. Decía que iba a visitar a Flavia, que se hacían compañía mutuamente y que las dos estaban muy solas. Incluso un día a la semana había formado un grupo con las vecinas del barrio para reunirse en mi piso con ella y pasar la tarde entretenidas.  
Hijo mío llegó a comentarme un día no sabes el tesoro que tienes en casa.
Sí, lo sé, mamá contesté mientras limpiaba los restos de galletitas saladas desperdigados por el sofá.
Me está modernizando. Me está poniendo al día de todoañadió con un aspaviento circular.
¿Qué más quería? Todos estábamos felices con ella.
Una mañana se me ocurrió llamar a casa desde el trabajo para dar una sorpresa a Flavia. Lo teníamos terminantemente prohibido por el jefe, pero mis ganas de estar con ella superaban cualquier miedo o represalia. Confieso que estaba realmente enganchado. Al segundo tono una voz masculina contestó.
¿Diga?
Me quedé de piedra y sin articular palabra.
¿Hola? ¿Quién es? insistí.
Ahora que había pronunciado más palabras le había reconocido. Era mi hermano.
¿Agus? pregunté intentando ocultar mi ira.
Eh, Tomás. ¿Qué pasa? contestó despreocupado.
¿Que qué pasaba?
¿Qué tal? Cuánto tiempo, hombre intenté disimular.
Sí, desde el fin de semana pasado ironizó.
¿Todo bien? continué como un autómata.
Pues claro. ¿Y tú? ¾dijo suavizando el tono esta vez ¿Estás bien?
Sí, claro, perfecto mentí.
Pues nada, mamá me ha dicho que viniera a recoger algo que se dejó el otro día y aquí me he quedado un rato con Flavia.
No lo podía creer. ¿Qué se habían pensado todos? ¿Que mi casa era su casa? ¿Que podían entrar cuando quisieran? ¿Qué culpa tenía yo de que mi hermano fuera un haragán y mi madre una metomentodo? No podía más.
A partir de ese día empecé a cambiar de actitud. Disolví  la secta de los jueves creada por mi madre, le dije que me devolviera la llave de mi apartamento y registré su cartera para quedarme con cincuenta euros por daños y perjuicios. No, no fue un robo. Todo el tiempo que ella y sus amiguitas pasaban en casa consumían. Sobre todo electricidad. La última factura me había asustado.
¿Trescientos euros? grité a la voz del otro lado del teléfono.
Señor Tomás, los kilovatios consumidos en su domicilio son correctos. Puede tomar la lectura de su contador si lo desea cada mes para chequear la eficacia de nuestra compañía contestó una voz femenina.
Colgué  antes de que siguiera encantándome con su dulce e inánime voz de sirena. Esa criatura había sido entrenada para aguantar quejas sin inmutarse durante sus catorce horas de jornada laboral. Mi derrota era segura.
Pese a haber echado a todo el mundo de mi casa, mi situación económica siguió empeorando. La factura de la luz seguía siendo angustiosamente elevada y el fisio me había recomendado que fuera tres veces por semana para eliminar las contracturas de mi espalda. No podía con todo. Me volví huraño, mezquino, apático. Me pasaba el fin de semana en casa encerrado con Flavia. Mis amigos me llamaban y me aconsejaban. En definitiva, me agobiaban.
¡Tomás! Estás raro, tío. ¿Por qué has dejado de salir? ¿Te has buscado un ligue por internet?
Yo pasaba de ellos, no los necesitaba. Tampoco a mi madre y a mi hermano. Ahora se preocupaban por mí, pero habían estado a punto de adueñarse de mi vida, de mi casa y de Flavia.
¡Se os ve el plumero! grité por el balcón la última vez que vinieron a visitarme.
Cada día tenía peor aspecto, los ojos totalmente enrojecidos y dormía apenas un par de horas. Hasta que llegó ese día.
Una mañana, aburrido en el trabajo y sin poder buscar nada en internet porque nuestro jefe había cortado el suministro, me dediqué a repasar la correspondencia. Quizá fueron imaginaciones mías, pero me pareció que el cartero me guiñaba un ojo cuando me entregó las cartas. Encontré facturas de proveedores, extractos bancarios, lo de siempre… cuando de entre la propaganda electoral que iba directa a la trituradora, salvé un folleto de una tienda de electrodomésticos. “Perfecto”, me dije, “lo que necesitaba para pasar el rato hasta la hora de salida”.
Me dirigí al cuarto de baño con el folleto escondido debajo del jersey y allí me senté a hojearlo. Cafeteras, tostadoras, planchas eléctricas… pasé rápidamente las páginas dedicadas a cocina y televisores cuando de pronto lo vi. ¡Un disco duro externo de diez terabytes por noventa y nueve euros! Me enamoré de él en ese mismo instante. Negro, de formas aerodinámicas, fuerte, potente, compacto. Me estaba excitando. ¡Además la publicidad era de la tienda de la calle Flint, por la que pasaba todos los días! Pero, un momento, ¿y Flavia? ¿Estaría de acuerdo con la decisión? Esta novedad le afectaba directamente. Además, la traición iba a producirse en el lugar donde la había conocido, donde la compré. En nuestro lugar especial.
Pese a las dudas, a las seis en punto salí como un rayo y llegué  a la tienda. Allí estaba. “West”, anunciaba una brillante inscripción tatuada en su contorno. Orgulloso, me incitaba con su base prominente. Saqué mi tarjeta de crédito y la miré durante unos segundos. ¿Podía hacer frente a ese gasto? Concluí que sí, que ahorraría de donde fuera y convencería a Flavia de que era nuestro complemento ideal. ¡Había que ser un poco más lanzado! ¡Pondría un punto picante en nuestra vida! Además, ahora que lo había descubierto no podía pasar sin él. Entre tales reflexiones algo llamó mi atención. Eran las imágenes proyectadas por las televisiones de la tienda. A esas horas lo habitual habría sido estar en casa viendo el concurso de todas las tardes con ella. Sus congéneres, modelos similares a mi Sony Flavia, me estaban lanzando sus destellos como una señal. “¿Vas a abandonarla después de lo que habéis pasado juntos?” Me sentí fatal, pero una fuerza superior a mí estaba llamándome hacia aquel disco duro. Su botón de encendido me estaba poniendo cachondísimo y no sólo de Gran Hermano vive el hombre. Pagué de inmediato para llegar a casa y conectarlo.  
Al principio Flavia se lo tomó a bien. Era un compañero más, cuyas funciones potenciaban las suyas. Formábamos un trío perfecto: él tenía una capacidad y potencia inusitadas; ella seguía exhibiéndose como nunca y yo flipaba en colores. Éramos felices juntos hasta que llegaron los celos.  
Flavia empezó a apagarse cuando le venía en gana y a veces no detectaba la señal a propósito. Insistía en que no era culpa suya, que la antena de la comunidad debía de tener algún problema, pero a nosotros no nos la colaba. También dejó de sintonizar canales nuevos y poco a poco nos fuimos distanciando. Sólo la utilizaba para ver las películas que grababa West. Empecé a aficionarme a todo tipo de cine y me olvidé de programas de cotilleos, series malas y concursos amañados. Grabé las películas de los más grandes de todos los tiempos: Hitchcock, Welles, John Ford, Juan Carlos Fresnadillo... en definitiva, ¡me estaba culturizando! Durante el último mes no era el único que había notado que estaba menos despierto y no sólo por las horas que pasaba delante de la televisión. También mis neuronas estaban adormecidas, lentas. Me costaba tomar decisiones en el trabajo y hacer simples cálculos mentales. Todo esto no lo habría detenido sin la ayuda de West.
 
Flavia no pudo más, así que un día se apagó y no volvió  a encenderse, por lo que trasladé a West a mi dormitorio y le acoplé el monitor del ordenador que tenía en otra habitación. Así seguimos pasando los días enteros, lejos de ella.
 
Todavía no se lo he contado a mi madre. Algún día tendré que dejar de cerrar la habitación para ocultarlo cuando viene de visita, pero no encuentro el momento. No sé si lo comprenderá. Yo siempre había tenido unos gustos muy definidos, pero así es el amor. Todavía sigue preguntándome por Flavia e insistiendo en que llame a un técnico, pero yo le doy largas.
 El colchón de la cama es mucho más cómodo que el sofá, así  que han mejorado mis problemas de espalda. Ya no comparto pared con los vecinos, por lo que nadie me agobia por tener el volumen alto hasta las tantas de la madrugada. He retomado el contacto con mi familia y gano siempre que juego al Movies con mis amigos. West y yo somos felices. He olvidado a Flavia rápidamente por las grandes prestaciones que me ofrece él y así seguimos desde entonces, como uña y carne. ¡Todo son ventajas!

Autora: Yol
Incluido en el recopilatorio del IV concurso de primavera del foro "Ábretelibro", Aromas de papel.

viernes, 5 de noviembre de 2010

AL OTRO LADO

(Si supieras cuántas veces susurré

tu nombre junto a la ventana…)

I

El fuerte impacto en la espalda le sobresaltó y se encontró mirando hacia el techo dolorido y angustiado. Con las piernas y brazos extendidos, forcejeó hasta darse la vuelta, mantuvo el equilibrio y corrió con las manos cubriéndose la cabeza hacia la única ventana de la habitación. Una vez allí, miró con miedo a través de ella, pero no pudo ver gran cosa. El cristal estaba empañado y sólo divisó colores difuminados y formas inexactas. Pequeñas figuras geométricas adheridas como las celdas de un panal de abejas conformaban su mundo. Al instante, se descubrió limpiando con la palma de una mano huesuda y blanquecina el vapor de agua que reposaba en la ventana. A ese barrido desordenado le siguieron pequeños trazos dibujados por su dedo índice hasta que el cristal quedó completamente decorado con jugueteos sin sentido. Líneas rectas, onduladas, circunferencias que nunca llegaban a cerrarse… De pronto su mano paró y, tras un corto lapso de tiempo, empezó a escribir letras sueltas que acabaron formando una palabra: ROGERG.

Roger G., eso era. ¿Eso era? Ése era su nombre. No debía volver a olvidarlo. ¿Olvidar qué? Creyó que su cuerpo no le pertenecía al comprobar que el dedo se le había quedado dormido por el frío.

La calidez y suavidad de una lágrima sobre su muslo hizo que despertara de la ensoñación en la que había caído. Enderezó su cuerpo desnudo y, dejando atrás la posición fetal, bajó del alféizar de cinc de un salto logrando mantener a duras penas el equilibrio. Un líquido viscoso le recorría parte de la cabeza, el cabello y casi la totalidad de la espalda. ¡Qué frío estaba el suelo! Pasos muy cortos y rápidos le dirigieron hacia la cama con el objetivo de cubrirse con una manta, pero cayó al suelo después de resbalar. La cantidad de mugre e inmundicia que reinaba por la habitación paró en seco su caída para acabar llevándolo a vomitar a una esquina. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué clase de vida había estado llevando? ¿Vida? Y lloró. Ahora podía sentir la calidez de las lágrimas rodando por su cara, alcanzando sus labios. Se entretuvo atrapándolas con las manos mientras resbalaban por sus mejillas y su mentón como si fuera un chiquillo jugando con los desatinos de la vida.

Un grito inconsciente surgido de su propio ser, o un gemido, o un chirrido metálico e inhumano, provocó que saliera del estado de shock y se girara para observar el espectáculo denigrante que murmuraba a sus espaldas en forma de una gran montaña de basura viviente; pura porquería que le estaba incitando y un deseo animal de retozar en aquel cúmulo de desperdicios afloró en lo más hondo de su ser. Una lucha interna entre el hombre, el ser humano que ahora era, contra los instintos más bajos de un insecto maloliente que disfrutaba de la podredumbre le estaba desesperando. Por un lado, no quería hacer otra cosa que avisar a sus padres y a su hermana que habían estado tan preocupados por él durante los primeros meses. Los primeros.

Por otro, un instinto animal indefectible y feroz le arrastraba hacía los montones de basura. Gateó hacia el centro de la habitación, olvidando la comodidad que la cama y la manta ejercerían sobre su cuerpo debilitado. Allí mismo, sollozando y murmurando su supuesto nombre, encogió su cuerpo hasta rodear las rodillas con los brazos y se abandonó a la suave luz de la luna que ya entraba por la ventana. No apartó la mirada del cristal: Roger G. Ése eras tú. Eres tú.





II

Al fin amaneció. Abrió los ojos mientras pensaba en cómo iba a afrontar a partir de ahora la realidad, esa cruel losa de la que más de una vez había imaginado librarse. Nunca se le había dado bien improvisar. Su agenda siempre había estado llena de tareas diligentemente ordenadas y ahora sufría por cómo iba a conseguir volver a ser él. Abrazar de nuevo a su madre, a su hermana, volver a la vida cotidiana que le había dado más disgustos que alegrías; pero, al fin y al cabo, su vida. Sonrió mientras recordaba. Cuántas veces había tenido la misma sensación de incomprensión ante la realidad. La realidad que ahora era completamente diferente para él. Se frotó el cuello con una rapidez pasmosa y se dirigió hacia el escritorio de la habitación sin dejar de girar la cabeza hacia la ventana repetidamente. Se obligó a enderezar el cuerpo, a liberar las manos del suelo pringoso y a caminar despacio y con gracia como antaño. La vieja silla de madera crujió al sentarse y su sobresalto fue tal que de un manotazo desparramó por el suelo las muestras de paño que descansaban sobre la mesa. Se quedó mirándolas despacio, desde arriba, con ternura, concluyendo con un gesto de incredulidad. No mires y recoge lo que has tirado al suelo. No levantes la vista. No te va a gustar lo que vas a ver. Resiste. Pero una ojeada rápida bastó para que la imagen del espejo atrajera su atención. Su cuerpo apareció reflejado y una mueca de dolor e incomprensión se dibujó en su rostro. Le costó reconocerse, pero al mirar en el fondo de sus pupilas supo que no había duda. Su cuerpo estaba demacrado, delgado, fláccido, ¡claro que lo estaba!, pero eso era lo de menos… Los hombros caídos, la mirada perdida… y ese extraño tic que le hacía alzar las manos a la altura de la boca y morderse los dedos sin parar. ¡Maldita sea! Se agachó y volvió a correr hacia la ventana ayudándose con las manos.

Iba a tener que organizar el cuarto antes de dar la noticia a su familia. No podía permitir que vieran en qué se había convertido el habitáculo. Quería causar buena impresión; volver como es debido. Limpio, en orden, elegante. Así es como recibiría a sus parientes, amigos, compañeros de trabajo… Acabar con toda esa inmundicia era prioritario y luchar contra el insecto apestoso que había habitado en su lugar, crucial. Miró de reojo la porquería de la habitación que pareció multiplicar su hedor al contrastar con la claridad y pulcritud de la mañana y, enterrando el instinto animal que le invadía, intentó abrir la ventana para ventilar. Eres un hombre Roger G.

Accionó la manivela, pero no fue capaz de abrirla. Algo estaba entorpeciendo el cierre desde afuera. Se quedó pensativo reposando la barbilla en la palma de su mano izquierda mientras se apoyaba en el alféizar, y miró a través del cristal. Lo que al principio le había parecido la calle, se convirtió, al aguzar la vista, en otra habitación de características similares a la suya. Dos mujeres, una de mayor edad que la otra, hablaban de forma animada y reían de vez en cuando escondiendo con la mano sus pequeños dientecillos. Intentó centrar la vista cerrando y abriendo fuertemente los ojos, pero la imagen seguía siendo la misma. Habría jurado por lo más sagrado que desde la ventana de su habitación siempre se había visto la calle, el tránsito de los automóviles, los vecinos del barrio caminando con prisas, el hospital gris de enfrente con sus ventanas siempre cerradas como ojos que no quieren ver. Y resultaba que allí mismo tenía vecinos.

Mientras imaginaba cómo sería entablar de nuevo una conversación (con una señorita, por ejemplo), un gesto inconsciente de su brazo rozó el cristal. (Buenos días, buenos días. ¿Cómo se encuentra usted hoy, damisela? ¿Damisela? Bien, gracias, ja, ja, ja… Sí usted también se conserva igual de joven…) Toc, toc. Aquellas mujeres ni se inmutaron. (¿No me diga? Anoche mismo vi al señor Berlouschi salir del edificio con muy buena compañía, ja, ja, ja…) Volvió a golpear el cristal con los nudillos, ahora ya completamente dueño de sus actos, esperando que alguna de esas mujeres se girase atraída por el ruido y le saludara amablemente. Se sentía solo, desamparado, abandonado. Necesitaba entablar conversación con otras personas. Prodigarse como ser humano. (¿Esta noche? ¿En el restaurante de la calle Charlotte? ¡Perfecto! Le acompañaré encantado, señorita…) Nada. Pensó que estaban distraídas por la conversación que mantenían y se limitó a mirar. Se acomodó frente a la ventana para seguir observando lo que ocurría y se agachó lo suficiente como para que sólo se vieran sus ojos y frente en caso de que aquellas mujeres avanzaran en su dirección. Recorrió la sala vecina con la mirada y se percató de que, pese a que las dimensiones y distribución de la misma eran muy similares a la suya, los muebles que la decoraban eran elegantes y estaban fabricados con buenos materiales. Las sillas enfundadas en terciopelo rojo, el escritorio de patas torneadas cubría elegantemente toda una pared, la lujosa cómoda, el espejo, magnífico y suntuoso, era el rey de la habitación. También le pareció divisar una funda de violín sobre un sofá y un atril con lo que serían partituras. Sin duda, sus vecinos eran personas pudientes y, por lo que se desprendía de los gestos de las mujeres, educadas y corteses.

Si alguien pudiera ver cómo acechaba a aquellas damiselas… ¡por Dios Santo! Sabía que estaba haciendo mal, que no debía espiar el cuarto de al lado. Esas pobres mujeres indefensas podrían descubrirle y su reputación acabaría por los suelos… por los suelos del estercolero en que se había convertido su habitación. Pero siguió mirando. Estaba claro que los instintos animales que le habían dominado últimamente seguían asentados en el fondo de su ser.

Abrió mucho los ojos y respiró profundamente como presintiendo lo que iba a suceder a continuación. Las damas, siempre ajenas a su presencia, se dirigieron hacia la puerta para abrirla y dar paso a una masa enorme y negruzca similar a un escarabajo que, con tímidos pasitos, se adentró en la habitación. Desde la posición de este insecto espeluznante se podía ver al frente la ventana donde él observaba agazapado, y creyó que durante unos instantes le había descubierto. Que estaba allí mirándole quieto, callado, moviendo sus antenas y mandíbula como si le comprendiese, pero la mujer joven comenzó a espolear al animal con una vara hasta que lo situó en una esquina del cuarto. ¡No podía creerlo! ¿Acaso estaba soñando? Él, Roger G., había despertado tirado en el suelo con forma humana después de haberse convertido, hacía Dios sabe cuánto, en un insecto y ahora descubría al otro lado de la ventana algo parecido a su pasado más inmediato. Había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto hacía que estaba encerrado en esa habitación, pero la certeza de haber sido olvidado y abandonado por su familia se hizo todavía más presente al haber entablado aquella pseudo conversación visual con el insecto. ¿Qué significaba todo aquello? La incertidumbre le abatía y siguió espiando a través del cristal tensando todos los músculos del cuerpo.

Las mujeres seguían hablando entre ellas risueñas y pendientes en todo momento de la puerta que había quedado entreabierta. Mientras, el insecto daba vueltas en torno a sí mismo sin parar y, de vez en cuando, se golpeaba contra la pared o el escritorio. Cuando esto ocurría, alguna de las mujeres se acercaba a una distancia prudencial pero suficiente para azotarlo con la vara. En esos momentos, éste se detenía y, como arrepintiéndose, intentaba retroceder sin saber cómo hacerlo. Entonces, ante los nuevos tropiezos del gigantesco insecto, las mujeres aumentaban su agresividad y abrían la boca para gritar, cambiando el dulce gesto de sus rostros por las formas de la rudeza y la maldad.

Todo aquello le resultaba sumamente familiar y sus ojos se humedecieron una vez más. Ver aquel espectáculo grotesco era como recordar los días pasados encerrado en aquella habitación. Volver a vivir la angustia de la incomunicación y malentendidos. ¿Podría aquel insecto comprender lo que los humanos hablaban como él lo había hecho? ¿Estaría intentando comunicarse con ellos de forma pacífica sin lograrlo? ¿Tendría sentimientos y estaría sufriendo al igual que él cuando era consciente de que lo único que causaba era miedo y asco a su familia?

Sofocadas por el esfuerzo, las mujeres se volvieron al mismo tiempo hacia la puerta, por donde apareció un hombre de avanzada edad que caminando pesadamente. Nada más entrar, abrazó a la mujer mayor, que parecía no respirar bien. Tras dejarla a cargo de la muchacha joven, se dirigió hacia el grotesco animal y le lanzó furioso lo primero que encontró a mano. Una manzana del frutero quedó incrustada en su espalda y el grandioso insecto no volvió a moverse más que para abrir la mandíbula de vez en cuando. No podía soportar lo que estaba viendo. ¿Qué clase de gente vivía allí? ¿Dónde quedaban las formas agradables y corteses? ¿Qué escondían entre sus dientecillos afilados de ratón aquellas supuestas damiselas?

Mientras recordaba las injusticias cometidas con él, vio cómo al rato entraron en la sala varias personas cargando con sillas y taburetes debajo del brazo. Fueron colocándolas delante del insecto, no sin esconder risas y muecas a medida que pasaban cerca de él. De esta manera, convirtieron el habitáculo en una sala de representaciones, en un teatro, en un circo. Una vez acomodados los asistentes, la muchacha se dirigió hacia el sofá donde permanecía el violín. Lo sacó delicadamente de su funda, hojeó las partituras y se dispuso a tocar. La melodía logró traspasar el vidrio de la ventana que separaba ambas habitaciones y Roger G. escuchó las notas más hermosas que jamás habría imaginado. ¡Qué maravilla! Cómo tocaba el violín aquella joven. Del angelical gesto de rasgar el arco contra las cuerdas emergía la más dulce y sensual marea de emociones. Cerró los ojos, al igual que ella mientras tocaba y, balanceando ligeramente la cabeza, sintió paz. Una paz que, desgraciadamente, duró unos instantes, pues al abrir de nuevo los ojos tuvo que presenciar la deleznable actuación que estaba teniendo lugar. El escarabajo, presa como él de la melodía, caminaba torpemente de un lado a otro, en una especie de danza enfermiza que le llevaba a golpes entre paredes y muebles. Los espectadores aguantando las risas, daban palmas de vez en cuando, se levantaban del asiento para poder examinar mejor el movimiento de las frágiles patas del grandioso animal y asentían conformes a la mujer mayor y al hombre grueso. Éstos, orgullosos, devolvían la sonrisa a los asistentes mientras guardaban fajos de billetes en uno de los cajones de la cómoda. A medida que la melodía se aceleraba el escarabajo embravecía y se movía cada vez más rápido, trepando incluso por las paredes, retorciéndose mientras con los apéndices que sobresalían de su cabeza sondeaba los límites de la habitación. Los espectadores aplaudieron estupefactos al comprobar que echaba a andar por el techo, haciendo bambolear la lámpara en su baile frenético hasta descender exhausto al terminar la música.



III

Roger G. pasó el resto del día sumido en sus recuerdos. La mayor parte del tiempo miraba a través de la ventana la habitación vecina ya vacía. El terrible espectáculo que había vivido le había afectado. Sentía lástima por el insecto, pero estaba todavía más triste por los recuerdos que había liberado su mente. Recordaba nítidamente a sus padres terriblemente asustados, a su hermana tan diligente al principio y su posterior tendencia al abandono. Los inquilinos a los que habían alquilado una habitación de la casa para poder mantenerse económicamente, ya que él había dejado de trabajar. ¡Era terrible! En cinco años no había faltado un solo día al trabajo y, de pronto, aquello. Había hundido a su familia en la miseria y las miradas que le dedicaban estaban cargadas, además del miedo infundido por un coleóptero de sus dimensiones, de resentimiento. Sumido en estos pensamientos, cayó rendido en la cama y, por fin, fue capaz de dormir durante un buen rato.

Le despertó un ruido en la ventana. Miró hacia ella todavía tendido y le pareció ver una sombra. No dudó en acercarse sigilosamente para comprobar de quién se trataba, pero al asomarse no consiguió ver más que una mancha oscura saliendo por la puerta de la habitación contigua. Un impulso involuntario colocó su mano en la manivela de la ventana e intentó accionarla de nuevo. Pese a haber comprobado anteriormente que no podía abrirse, esta vez el mecanismo funcionó perfectamente provocando un rechinar metálico que vaticinaba la concesión de su mayor deseo. Por fin iba a poder salir de aquel cuarto. Iba a ser libre. Tiró de la hoja de la ventana y una ráfaga de aire fresco le recorrió la cara. Al bajar la mirada, encontró garabateadas unas letras en la parte inferior del cristal. Se acercó para comprobar qué decían, y un pequeño alarido salió huyendo de su garganta. GREGOR. Ésa era la palabra que alguien desde dentro de la habitación contigua había escrito en él. Entornó la hoja de la ventana y, al leerlo desde su lado, no pudo evitar soltar una risita histérica. Haciendo un pequeño esfuerzo cayó en la cuenta de que las letras de ese nombre también conformaban el suyo. La duda le invadió de nuevo. ¿Se había atribuido el nombre al leerlo en el cristal? ¿Quién era él realmente?

Lo último que pudo ver desde el lugar que le había mantenido apartado del mundo le erizó el vello de todo el cuerpo. Al fondo de la sala donde había tenido lugar aquella terrible actuación circense, la puerta se abría y daba paso a una visión espantosa. Comunicaba con un largo pasillo oscuro y estrecho que desembocaba en otra habitación con su propia ventana. Permanecía cerrada y, a través de ella, se distinguía la silueta de una figura humana mirando con la cara pegada contra el cristal y las palmas de las manos extendidas. Saltó a través de la ventana lo más rápido que pudo a la habitación vecina y avanzó por ella, cuando comprobó aterrorizado al pasar frente al majestuoso espejo que su cuerpo acababa de transformarse de nuevo en el de un gran escarabajo.

Autora: Yol
Ganador del I Concurso "Versionando clásicos" de ¡Ábrete libro!, Érase otra vez...


jueves, 6 de mayo de 2010

HISTORIA CON MANZANO AL FONDO

─Ha pasado lo peor. Ahora sólo queda esperar.


─A veces lo peor es esperar.

─Pero mientras esperas puedes ir haciéndote a la idea.

─O esperanzarte en vano.

─También. El marido está hecho polvo. Se aferra a la idea de proyectar en positivo y esperar lo mejor confiando en la suerte.

─En estos casos nunca se sabe, Pedro.

─Pues sí. El pan de cada día. Es casi un cara o cruz.

─¿Te vienes luego a jugar unas partiditas de pádel con Rodríguez?

─Lo intentaré. Desde que Rosa no está llevo muy mal los ratos muertos en casa.

─Anímate, hombre.

Bip, bip

─Mierda, el busca. Luego te llamo.

─Okey, salgo detrás de ti. Señora Castillo, disfrute de su estancia en nuestra mejor suite.



“Si alguien pudiera ayudarme... Este lugar es un laberinto. No sé cuánto tiempo llevo caminando entre estas flores de todos los colores. He visto más atrás un malva precioso para adornar el pelo de Cris. Antes de volver tengo que coger un ramillete. Pero ¿adónde llevará este camino? Puedo seguirlo hasta el final, porque tendrá un final, o puedo probar por alguna de estas bifurcaciones… Pero son unos caminos tan estrechos y pedregosos... no me inspiran confianza. Dorothy habría elegido el camino recto y Teseo se las ingeniaría para salir con éxito del laberinto... ¿qué motivos les llevaron a adentrarse en esos mundos extraños? No me acuerdo. Nadie recuerda los porqués. Del mismo modo que yo no recuerdo qué hago aquí.”



─Mira qué flores tan bonitas he comprado. Te las voy a poner bien cerca para que puedas olerlas. Ya sé que te gustan más las silvestres, recogerlas tú misma y preparar esos ramos preciosos, pero no tuve tiempo de más. Los niños están más revoltosos que nunca y me cuesta lidiar con ellos. Te necesito. La enfermera de ahí afuera me ha dado un jarrón horrible. Cuando despiertes intenta no mirarlo.



“Si supieran lo que siento... lo que estoy sintiendo ahora mismo... Creía que no me había separado del camino, pero una corriente densa, como de olas de mar me envuelve y arropa. Las ondas suaves, rellenas de plumas, me acarician, hacen que levite, me invitan a dormir. Dormir durante mucho tiempo... ah... pero quiero continuar despierta para seguir en este mar por el que vuelo sin hacer ningún esfuerzo y este aroma dulce... y dejarme llevar… Cada vez entiendo menos lo que ocurre.”

─¡Eh, tú! Podrías tener más cuidado. Con esas prisas podrías llevarte por delante a cualquiera.

“¿Qué…? Ah… disculpa. Pero… ¿quién habla?”

Toc, toc
─Entrad sin hacer ruido, mamá está dormida.

─¿Por qué está dormida si son las cuatro de la tarde?

─No se encuentra bien y está muy cansada.

─Ah.

─Cris, entra tú también, vamos.

─No.

─¿No quieres ver a mamá un rato?

─Sí.

─Pues venga, ven aquí con tu hermano.

─Mami, despiértate, somos nosotros y es muy tarde. Tú siempre nos dices que las siestas tienen que ser cortas para que sean buenas.


“Me encanta volar por este lugar. Si continúo con los brazos extendidos podré alcanzar esas nubes. Son preciosas. El viento choca contra mi cara. Ya estoy, ya estoy casi…”

─Ten cuidado, no corras tanto.

“¿Cómo? Otra vez esa voz. ¿Santi? No, no es Santi. Cuando vuelva tengo que contar a todos lo que hay aquí. ¿Por dónde iba? El cielo, eso. Lindas nubes... un poco más y...”

─Psst. Oye, tú.

“¿Quién anda ahí? ¿Quién eres?”

─Será mejor que no toques eso.

“¿Y tú qué sabes? No te veo. ¿Dónde estás? ¿De dónde sales?”

─Eso no importa. El caso es que estoy aquí igual que tú.

“¿Desde hace mucho?”

─Desde siempre.

Muacccccc

─Muy bien, chicos, ya os habéis despedido de vuestra madre. Mañana más.

─¿Ya nos vamos, papá?

─Sí. Vamos a casa a terminar los deberes.

─Vale. Pero se te dan fatal las mates.



“¿Cómo funciona esto? ¿Hay más gente aquí? Sólo he visto vegetación y animales correteando.”

─De vez en cuando viene gente. Como tú. Están de paso.

“Así que estoy de paso…”

─Seguramente.

“¿Seguramente? ¿Cabe la posibilidad de quedarme aquí para siempre?”

─Existe la posibilidad.

“Estoy hecha un lío. Menos mal que has aparecido. Es reconfortante poder conversar con alguien. Pero si estás tiritando. Anda, toma, ponte esta…túnica... que, por cierto, no sé de dónde ha salido. Con la temperatura ideal que hay aquí… debes de estar enfermando. ¿Y eso que tienes en la frente?”

─Una marca de hace tiempo... Pero, ¿quieres dejar de tratarme así? Hace mucho que no soy un crío.

“Qué humos tiene el señorito… Te imaginaba más alto.”

─¿Me habías imaginado? Yo también a ti.

“Claro, cuando me hablabas y permanecías escondido.”

─ Ah, antes…

“Por cierto, ¿en qué momento has salido de tu escondrijo?”

─Cuando tú has querido.
Ringgg, ringgg

─¿Diga?

─Pedro, soy Sam. ¿Qué hay del pádel?

─Sí… es que… tengo un lío en casa…

─¿Qué dices? ¿Ha vuelto Rosa?

─No, no es eso… Estaba organizando…

─Pedro, sal ahora mismo de esa casa y vente a despejar la mente. Lo necesitas.

─Vale, vale. Llego en veinte minutos.

─Okey.

─Te dejaré ganar, como siempre.

─No seas cabrito y vete ya de ahí.


“La verdad es que no entiendo nada de lo que está ocurriendo aquí. Debo de estar soñando, pero parece todo tan real… Antes he conseguido volar, es cierto. Y el aroma de las flores, las piedras del camino, aquellas ardillas trepando por los árboles, y ahora apareces tú… Claro, que hay sueños realísimos, como aquella vez que la pobre Cris se despertó gritando creyendo que estaba colgada del balcón a punto de caerse. Aun abrazándola y jurando que estaba a salvo, seguía tiritando y agarrándome con toda la fuerza de sus manitas. La echo de menos.”

─Bueno, aquí nos tienes a nosotros.

“¿A ti y a quién…? ¿Quién ha hablado ahora?”

─Hola, bienvenida. Este adelantado no nos ha presentado. Siempre queriendo ser el primero en todo ¿verdad, hermano?

─Cállate de una vez, retrasado y dedícate a tus reses. ¿No ves que estoy hablando con la señora?

─No seas desagradable delante de ella. ¿No crees que está de más? Deja que me cuente, ¿cómo has llegado aquí?

─Ya estamos…

─Silencio.

“¿Que cómo he llegado? Buena pregunta… “

─No recuerda nada.

─Como todas.

─No es como todas. Me ha gustado.

─Qué raro, hermano. Sueles espantarlas que da gusto. ¿Qué le has visto?

─Es ella la que me ha visto.

─¿Ah, sí?

─Pues sí, no siempre vas a ser tú el mejor en todo. Se ha fijado en mi marca.

─No empieces con tus celos… ¿y?

─Nadie suele fijarse tanto en mí.

“¿Dónde os habéis metido? Venid, por favor, no os retraséis. Tengo que seguir avanzando. Este sueño está durando demasiado…”

Cof, cof, cof, cof

─No te preocupes, sólo me he resfriado. Como te decía, hoy hace un mes que estás aquí. He traído tu perfume favorito. ¿Lo recuerdas? Qué tontería… ni siquiera sé si me escuchas.


“Por mucho que intentéis ocultármelo sé que estáis discutiendo, os oigo desde aquí.”

─¡No es cierto!

─No la enojes.

“Estoy cansada de caminar. No sé vosotros, pero yo me quedo un rato aquí tumbada. ¡Ahhhh! qué gusto. Me recuerda a los paseos por el bosque en primavera. Santi no para de estornudar cuando llega esa época, pero siempre me acompaña para estirar las piernas y que nos dé el aire. Me encanta tumbarme en la hierba y que el sol me dore la cara. Es una sensación tan placentera, ¿sabéis?”

─Ahá.

─Uhm.

“Y cuando estoy así, tumbada, relajada, sin preocupaciones, concentrándome en cada centímetro de mi cuerpo destensado… cuando estoy así… soy feliz.”

─¿Has oído? Es feliz.

─Es tan bella…

─Seguro que su abrazo es muy cálido.

─Y esa forma de hablar tan dulce…

─Es perfecta.

“A veces, una leve brisa juguetona te refresca y despierta para que vuelvas a la realidad, como a Alicia cuando soñó con el País de las Maravillas. Y, sólo al volver, te das cuenta de lo que has disfrutado. Si no vuelves, no puedes comparar y no notas la diferencia.”

─¿Alicia? ¿Es ése tu nombre?

─No, por favor, que no sea, que no sea, no…

“Ja, ja, ja. ¡No! Alicia es la protagonista de un cuento precioso. ¿No lo conocéis? Yo soy Eva.”

Bip, bip
─¿Es el tuyo?

─Sí, una emergencia. Eva Castillo.

─¿Puedo comerme tu postre?

─Enterito. Odio el pudin de manzana.

─Por estos pequeños gestos se reconoce a los amigos.

─Luego te cuento, Sam.

─Chao.



“¿Os habéis quedado mudos? Venga, vamos a levantarnos. Al final del camino me ha parecido ver un manzano enorme. Estoy empezando a tener hambre.”

─Deja de babear, atontado. Es ella, está claro.

“Sois unos chicos encantadores, ¿sabéis? Me estáis haciendo mucha compañía en este viaje.”

─¿Te gustaría ser reina, mmm... Eva?

─Serás inocente… a todo el mundo le gustaría serlo…

─Cállate. Estoy hablando con ella. Dime, ¿te gustaría?

─Bocazas...

“Chicos… no os peleéis. No, no quiero ser reina de nada ni de nadie. Sólo quiero seguir aquí paseando tranquilamente, escuchando vuestras graciosas discusiones, sin problemas, sin prisas. De hecho, no recuerdo qué es eso tan importante que me estaba preocupando hace un rato. ¡Mirad! ¡Un montón de mariposas!”

─Si te quedas, nos da igual que seas reina o no. Lo que queremos es que sigas con nosotros.

“Ayyy… pero qué encanto de chicos. Venid aquí a que os dé un abrazo.”


Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiippp


─Por favor, sea sincero.

─Santiago, no tengo buenas noticias. Hay actividad cerebral, pero muy débil. Lo de hace un rato ha sido un aviso. Cada día que pasa la probabilidad de que despierte es menor.

─No…

─Puede continuar en este estado días, meses.

─Eva, no me dejes.



“Venga, basta de sentimentalismos. Una carrera hasta ese suculento manzano. ¿No tenéis hambre?”

─Yo no, la verdad.

─Yo tampoco.

─¿Por qué no vamos mejor hacia este otro lado? Hay una explanada de césped enorme. Te encantará, Eva. Puedes tumbarte al sol como a ti te gusta. En algunas partes la hierba crece tanto que te hará de colchón.

“Preferiría comer algo y esas manzanas tienen una pinta buenísima.”

─Espera, no. El manzano no.

─Puedo traerte todas las frutas que desees. Olvídate de eso, Eva.

─¿Ves? Al final siempre pasa lo mismo.

─No seas agorero. Tú distráela, yo intentaré buscar algo para comer rápidamente.

─Caín, creo que llegas tarde...
¡Ñam!


─Se ha movido. ¡Se ha movido! ¡Enfermera! ¡Rápido! Avise al doctor Castro.

─¿Algún cambio relevante?

─¿No le estoy diciendo que avise al doctor? He visto cómo movía el brazo.

─A veces estos movimientos son...

─¿Voy a tener que ir yo?

─De ninguna manera. Ahora mismo le aviso.



“Qué empacho, chicos. Voy a tumbarme un rato para ver si se me pasa... No os marchéis lejos.”

─No nos moveremos de aquí.

─Seguiremos siempre aquí.

─Tampoco hace falta que te pongas dramático.

─Ni tú a sermonearme.

─Ingrato.

“Chicos, no discutáis. Despertadme ahora luego, sólo será un sueñecito rápido. Estoy agotada.”


─Esto ha sido un milagro... Eva, mi vida, estamos todos aquí. ¿Me oyes?

─Santi... estoy agotada.

─Descansa. No pienso moverme de tu lado.

─Sólo un sueñecito...
¡Ouch!

─No quise pegarte tan fuerte. ¿Abel? Responde... Mierda, otra vez.

─¿Te cansarás algún día de repetir esta historia, hermanito?

─Ha sido sin querer.

─Claro, claro, siempre es sin querer.

─Es difícil luchar contra la naturaleza de cada uno.

─Eso es cierto, te perdono.

─¿Ves? Siempre serás un blando.

─Y tú un envidioso.

─Vamos, creo que llega alguien nuevo.

─¡Espérame!



Escrito por: Yol
3º finalista del V Concurso de Primavera del foro ¡Ábrete Libro!

lunes, 21 de diciembre de 2009

LUNA NUEVA (HOMENAJE)


Foto: Banux
Siendo media noche y con la oscuridad abrazándome por la espalda,
sentí un deseo irrefrenable de salir huyendo de la soledad. La luna, en fase de novilunio, me había abandonado vilmente y sólo las estrellas brillaban con fulgor enfermizo. Su parpadeo caótico me asustaba. Sus guiños me aproximaban a lo inevitable del abismo. Apenas me había alimentado y el cansancio se acumulaba sobre mis alas. Anduve volando por los alrededores del cementerio en aquel crudo diciembre buscando insectos y despojos. El invierno dota de un encanto especial a estos lugares santos. Santos o diabólicos, según se mire, porque hay leyendas de todo tipo sobre ellos.
Mi especie, el cuervo común, carne de historias terroríficas, ha sufrido el desdén de los humanos desde hace siglos y ahora, entrado el año 1800, todavía insisten en la mala suerte de quien nos mira a los ojos y los terribles designios de quien escribe con alguna de nuestras plumas negras. Nuestro graznido ha sido siempre símbolo de malos augurios y nuestro color negro por naturaleza, mal visto. Agotado y consumido por el frío, me posé en una preciosa lápida de mármol rosado con un ángel tallado mirando hacia el cielo. El ángel, con la mirada suplicante y la boca semiabierta, rezaba en silencio cada noche por el alma del difunto encomendado. Fue en ese momento cuando oí un susurro de cantos antiguos proveniente de la lejanía. Giré la cabeza a ambos lados varias veces para descubrir de qué se trataba, pero no conseguí divisar nada. Seguí posado en la tumba, mas sin poder dormir por el gélido viento y todavía impresionado por los cánticos que me había parecido percibir. Al cabo de un rato, volví a escuchar voces femeninas y dulces entonar de nuevo cantos. En ese momento me sobresalté y, volando, me posé en la misma frente del ángel custodio mirando hacia la parte más oscura del cementerio. Entre sombras de árboles meciéndose, distinguí movimientos de formas similares a las humanas bailando caóticamente. Agucé la mirada y lo que pude ver me dejó sin aliento: no eran humanos, sino espectros fantasmales de caras huesudas y harapos descoloridos bailando al son de una música diabólica. De vez en cuando se les escapaba una carcajada capaz de paralizar el corazón más fuerte. Bailaban cogidos de las manos, sus calaveras sonrientes se movían adelante y atrás en una danza frenética. Emití un graznido de terror al observar tan maquiavélica escena y, sin querer, llamé su atención. Dos de estos espectros clavaron las cuencas de sus ojos en mí y, señalándome con sus desnudos índices, empezaron a aproximarse. Presa del terror, mi cuerpo no respondió y, petrificado como el ángel, vi cómo iban acercándose los nauseabundos esqueletos hacia mí moviendo arrítmicamente sus caderas y sus brazos. Intentaban, sin éxito, seguir el compás marcado por la música envolvente, notas que se clavaban en lo más profundo del tímpano como salidas de las bocas de las sirenas. Parecían vivir una ensoñación en la que su voluntad se veía mermada por esa música.
Foto: Banux
Conseguí desentumecer mis alas y salí huyendo de aquel macabro festival sin rumbo. Estaba tremendamente atemorizado cuando divisé una luz en la ventana de una antigua casa. Era la única esperanza viva en aquel valle oscuro y tenebroso. Volé hacia ella y me precipité hasta la ventana golpeándola con parte de mi pico y con la cabeza.
Intenté mantener la calma y tranquilizarme posado en aquel alféizar de piedra, cuando descubrí en el interior de la estancia a un hombre sentado en un escritorio de madera sumido en sus pensamientos. Rondaba la treintena y, con la barbilla apoyada en ambas manos, parecía que dormitaba. Una pluma manchada de tinta negra reposaba al lado de un libro muy grueso lleno de palabras manuscritas y tachones. Su amplia frente aparecía adornada por un único mechón de pelo oscuro. Los ojos enmarcados en sombras, descansaban entreabiertos sobre un bigote recortado que dotaba a su rostro cierto respeto y madurez. De pronto volví a escuchar a lo lejos las malévolas carcajadas de aquellos entes inmundos que se me habían aparecido en el cementerio y me sobresalté. Volví a tropezar contra el cristal de la ventana ante lo cual el hombre despertó de su ensoñación. Abrió los ojos de pronto y los fijó en la puerta situada al lado de la ventana donde yo, atemorizado, aguardaba. A través de las cortinas de seda púrpura que ceñían el cuerpo de la ventana, observé cómo se sobresaltaba y abría la boca para pronunciar algunas palabras. Seguidamente, se levantó del sillón donde reposaba y se dirigió hacia la puerta, abriéndola de par en par mientras seguía profiriendo palabras que, en esta ocasión, conseguí escuchar: “Leonor, Leonor” dijo el hombre en un susurro, y se quedó largo rato mirando con tristeza la oscuridad. Cerró la puerta y volvió al interior de la estancia caminando confuso hacia el lugar donde descansaba su larga y negra capa. La rozó dubitativo, como si fuera a vestirse para salir de la casa y buscar allá donde fuera a su Leonor, pero continuó su itinerario hacia el antiguo escritorio de patas torneadas y se sentó frente al manuscrito.
Foto: Banux

Tras unos instantes, viendo sufrir sobremanera al hombre, volví a llamar al cristal de su ventana para advertirle de los peligros de los muertos, de las ánimas peligrosas que rondan los cementerios en busca de almas desprotegidas para alimentarse de sus recuerdos. Su tal Leonor, no podía ser diferente a los espectros que me habían atemorizado hacía un rato y, asimismo, igual de peligrosa. Al oír de nuevo el ruido provocado por mí, dirigió esta vez su mirada oscura hacia la ventana y se dirigió hacia ella. Decidido, abrió la ventana y entré volando en
su habitación rozando su rostro con las alas hasta posarme, como digno conocedor de lo oculto, sobre el busto de Palas, icono de la sabiduría.

Desde la ventana, el hombre se dirigió hacia mí con palabras secas, angustiosas, preguntando: “¿Cuál es tu nombre, cuervo espectral?”. A lo que yo, fijando mi mirada en la suya, respondí: “Nunca más”. Sorprendido, me lanzó una mirada escrutadora y cerró la ventana para protegerse del gélido viento que fuera amenazaba. Mas, seguidamente, se acercó a mí y murmuró para sí mirando la escultura sobre la que yo me hallaba: “Otros amigos me han dejado, mañana este cuervo también marchará”, a lo que yo, impertérrito respondí: “Nunca más”.

El pobre atormentado comenzó a gesticular gritando repetidamente: “¡Nunca más, nunca más! ¿Acaso tu amo no te ha enseñado a pronunciar otras palabras? ¡Nunca más, nunca más!”, repitió presa del delirio. “¡Monótono pajarraco del infierno!”, acabó diciendo mientras se dirigía a su sillón y caía en él como quien busca ayuda desesperadamente. Me quedé mirándole fijamente, sin apartar la mirada lo más mínimo, quería que supiera que nunca más iba a ver a Leonor, nunca más disfrutaría de su presencia y nunca más debería volver a ver inmundos fantasmas carentes de la personalidad que tenían en vida. Edgar, de quien supe el nombre al leerlo en la cabecera de cada página del manuscrito, no debía pretender reencontrarse con las siniestras apariciones que vuelven del más allá.

“¡Olvida a Leonor!”, profirió de pronto tras el duelo de miradas, “Dime, cuervo maldito, profeta enviado por el mismísimo demonio, ¿hay consuelo más allá?”. “Nunca más”, añadí a sus súplicas e improperios. “Leonor me espera en el más allá. ¡Horrendo cuervo! ¡Dilo! ¡Confiésalo! ¿Cuando muera podré recostarme en el Edén en los brazos de Leonor?”, siguió preguntando fuera de sí. “Nunca más”, acerté a decir, porque, efectivamente, eso no iba a suceder.

Continuó gritando en la alta noche este ser atormentado por la pérdida de su amada, por querer volver con ella, por desear morir para verla de nuevo. Me rogó que volviera a la tempestad de la que provenía sin dejar rastro de mis plumas negras, que le dejara solo, abandonando el busto de Palas. Suplicó que dejara de clavar mi pico en su corazón, a lo que, irremediablemente, respondí: “Nunca más”.

Y nunca más abandoné mi lugar hasta hoy. Jamás emprendí el vuelo y continúo allí posado, con mi sombra reflejada en el suelo de la habitación y el alma de Edgar unida a mí para siempre.

Autora: Yol
Relato publicado en el Recopilatorio del Concurso "Calabazas en el trastero: especial Poe"

martes, 1 de diciembre de 2009

LE PENDU (EL COLGADO)


El cigarrillo iba consumiéndose lentamente. La columna de humo que desprendía, dibujaba enigmáticas espirales en el aire. El silencio era profundo, tanto como la mirada de Louis, perdida en la oscuridad de la habitación. Sólo se oía el chisporroteo producido por el tabaco al quemarse. Dio otra calada y, en un baile frenético, la bocanada se deslizó hacia el techo hasta desaparecer. Era de noche y desde la calle se divisaba el perfil de su figura inmóvil junto a la ventana. El extremo del cigarrillo era la única nota de color de aquel cuadro en blanco y negro. El sombrero de ala ancha, el único indicio que le declaraba culpable de su masculinidad.
El ritmo de unos tacones contra los adoquines mojados de la calle frenó sus pensamientos y se giró bruscamente para fulminar con la mirada a quien había interrumpido sus maquinaciones, pero pronto cambió la expresión de su rostro al ver a Layla. Se asomó a la ventana y sonrió despacio, en oposición al ritmo de la respiración de ella.
- Es aquí...- susurró Louis desde arriba. Layla respondió con una mirada cautelosa.
Cruzó la calle mientras él la observaba divertido mirando sus largas piernas esquivando charcos y temores. Cada paso era un latido, un tic, otro tac de reloj que no podía parar ni retroceder impulsado por una fuerza invisible. Cuando oyó sus pasos aproximarse a la puerta, tiró la colilla por la ventana y se dirigió hacia ella exultante. La abrió y se encontró cara a cara con Layla. Era realmente bella... esos ojos oscuros y grandes que le miraban seductoramente, muy pocas veces parpadeaban ajenos al magnetismo que provocaban entre sus congéneres. Sin dejar de sonreír, la invitó a pasar con un gesto y cerró la puerta.
- ¿Dónde lo tienes? –preguntó ella intentando que no le temblara la voz, mientras giraba sobre sí misma ciento ochenta grados. Quería verle la cara. No debía darle la espalda.
- Bueno, bueno... ¿qué prisas son ésas?- inquirió él insolente.
- Acabemos cuanto antes con esto, Lou. Estoy arriesgándolo todo por venir aquí a estas horas. Lo merezco.
- Más que nunca, preciosa.
Se acercó a ella mientras susurraba estas palabras para cogerla por la cadera y besarla apasionadamente. Ciñó su estrecha cintura de forma alarmantemente posesiva y ella, entregada, no apartó sus labios de los de él, sino todo lo contrario. Se fundieron en un juego húmedo que dejó escapar un gemido risueño de su boca, lo que la puso en guardia recordando a lo que había ido hasta ese lugar.
- Lou... lo necesito... Ahora. Además, me debes una explicación. Ser cauta era primordial en ese momento, por eso no debía descargar todavía la agresividad que había acumulado.
Sus ojos mostraron súplica y mandato como sólo ella sabía conjugar y Louis no tuvo más remedio que hacerle caso, como casi siempre. Se dirigió hacia un viejo escritorio lleno de polvo y telarañas situado en un extremo de la habitación. En ésta, pese a estar en penumbras, se distinguía como único mobiliario el escritorio, un perchero de madera religiosamente tallado y un gran espejo de marco dorado. Layla pensó que estos objetos del pasado dotaban de un aire romántico a la escena, porque así es como vivía todo aquello… toda aquella historia… como la escena de una película, como si no fuera real. Louis se detuvo un par de minutos frente al mueble hasta que abrió uno de los pequeños cajones. Durante este corto intervalo de tiempo, tuvo tiempo para acercarse al espejo polvoriento y verse reflejada en él. Se miró de arriba abajo, garantizando con el reflejo su presencia en aquel lugar. Luego alzó la vista hasta encontrarse con sus propios ojos borrosos, y pudo ver el brillo del miedo en ellos a través de la mugrienta superficie.
Todo había comenzado antes, pero esa lluviosa tarde en aquel maldito local de los suburbios había sido crucial. El ambiente se había vuelto irrespirable por el humo de los innumerables cigarrillos que la pitonisa había estado empalmando. Esa enigmática mujer llevaba hablando más de media hora y había adivinado los detalles más íntimos de su vida. Todo era tan extraño… Mientras la anciana acercaba la larga boquilla a sus labios agrietados, dando por finalizada la lectura de cartas que su clienta había pedido, abrió los ojos de forma alarmante mientras daba la vuelta a la última de las cartas del tarot.
- ¡No matarás! –exclamó de pronto. Y miró inquisitivamente a Layla, sentada frente a ella, mientras infinidad de pequeñas monedas de latón que pendían del pañuelo de su cabeza chocaban entre sí.
- No entiendo –masculló desviando la mirada- ¿A quién iba a matar yo? ¿Qué me está contando?Le había sorprendido enormemente el cambio de tono de voz de aquel vejestorio que había sido tan amable minutos antes, mientras deshilachaba su pasado marcado por innumerables fracasos sentimentales.
- No me desafíes, preciosidad. A mí no puedes engañarme. Detrás de esa apariencia angelical se esconde alguien rencoroso capaz de cosas que ni me atrevo a mencionar. Será el fin de tus días si accedes a la ira y matas. No lo hagas. ¡No lo hagas!
Layla echó su cuerpo hacia atrás apartándose de la extravagante mujer al tiempo que buscaba su cartera. Dejó el doble del dinero acordado sobre la mesa, arrugó con furia la carta y la guardó en el bolsillo de su gabardina. Salió bruscamente del local tropezando con una pequeña mesa. La bola de cristal que había instalada en la misma se movió impulsada por el golpe que había provocado y rodó lentamente hasta estrellarse contra el suelo y romperse en mil pedazos. La pitonisa, sobresaltada, murmuró unas palabras en su idioma natal y soltó una carcajada terrible que habría helado la sangre a cualquiera.
Se estremeció al recordar el episodio con la médium. Pese a ser pleno agosto, había refrescado tras la lluvia y la humedad de aquella vieja sala calaba hasta los huesos. Era una estancia desoladora, pero perfecta para aclarar cuentas con Lou y luego marcharse. Nadie podría relacionarles y menos en aquel distrito del extrarradio de la ciudad. No había sido fácil librarse del tipo que vigilaba su casa. Podría calificarse incluso de milagroso. Pero ahí estaba, dispuesta a aclarar las cosas con él. Esperaría un periodo de tiempo prudente para preguntarle por qué había modificado el plan a última hora. Aunque no era necesario: ella ya sabía el porqué.
Los faros de un coche que circulaba por la calle iluminaron la habitación y las sombras proyectadas por ellos dos y los pocos muebles que les acompañaban se movieron lentamente por las paredes, produciéndole una leve sensación de mareo. Cerró los ojos durante unos instantes y su mente la trasladó de nuevo al pasado.
El peor día de su vida desde que Jean Paul, el amor de su vida, había muerto de una sobredosis, había sido ése, sin duda. Estaba tan segura de ello como de las veces que había pensado en suicidarse vaciando el frasco de somníferos en su estómago. Después de infinidad de relaciones que habían terminado en ruptura, Jean Paul había conseguido que recobrara la ilusión por compartirlo todo con alguien. Querer como nunca a alguien.
Había pasado una mala racha, pero nada comparable con aquel día. Había despertado rodeada de gente desconocida y con un fuerte olor a amoníaco.
- Ya vuelve en sí –se alegró una voz varonil y un punto agrietada.
- Hmm… por favor… ¿quién…cómo…? Oh… mi cabeza…
- Tranquilícese. Detective Pyamont, estoy aquí para ayudarla. Incorpórese, eso es. ¡Maurice! Consígueme un café cargado.
Todo era tan extraño, una vez más…
- Dígame, señorita…
- Perrault. Layla… Perrault –contestó entrecortadamente mientras miraba a su alrededor. Empezaba a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. No sabía dónde estaba, pero al menos una veintena de personas pululaba por la estancia examinándolo todo, entrando y saliendo haciendo comentarios en voz baja.
- Vaya, como el de los cuentos.
- Sí, se inspiró en mí para el personaje de Caperucita. ¿Va a pedirme que me acerque para interrogarme mejor? –pese a su lamentable estado, estaba acostumbrada a ese tipo de chistes fáciles. Además, empezaba a intuir lo que estaba ocurriendo.
- No… no me gustaría que algún cazador la tomara conmigo. Además, a mí de niño siempre me gustó más Andersen. ¿Sabía que en la versión original el lobo se come a Caperucita? Adaptaciones infantiles, ya sabe.
- Hmm… -fue la breve contestación de Layla que sufría un agudísimo dolor de cabeza.
- Bien, vayamos al grano. ¿Conocía usted a Heliodoro Prass? –preguntó clavando su mirada en la de la joven ahora que parecía que iba saliendo poco a poco del estado de shock.
- ¿Prass? –repitió con voz ingenua mientras recorría el rostro del detective advirtiendo su enorme atractivo- ni idea. En mi vida he oído ese nombre. ¿Otro escritor de cuentos para niños? –bromeó tras agradecer al tal Maurice la taza de café que acababa de ofrecerle.
- En absoluto –el detective hablaba muy seriamente en esta ocasión- ¿Está completamente segura? El ayudante personal de Prass ha sido quien nos ha avisado al encontrarla inconsciente –insistió advirtiendo un ligero temblor en las manos de aquella bella joven que había encontrado tirada en el suelo y rodeada de manchas de sangre.
Layla asintió y cerró los ojos para dejarse llevar por el sabor amargo de aquel café. Estaba agotada y cualquier cosa era mejor que escuchar a aquel hombre intentando mantener lo que algunos llaman una conversación interesante.
- Bien, la pondré al día. Acaba de despertar en el salón del señor Prass, al que dice no conocer y que ha muerto hace pocas horas por causas no naturales en la habitación contigua. Usted presenta marcas evidentes de forcejeo en los brazos y piernas y ha recibido un fuerte golpe en la cabeza, el causante, supongo, de su desvanecimiento. Hasta aquí todo podría ser muy normal, teniendo en cuenta los particulares gustos sexuales de Heliodoro Prass. Lo extraño es que hemos encontrado gran cantidad de sangre a su alrededor.
Layla tiró estrepitosamente la taza de café al suelo, se miró las manos y se levantó de un salto. Ahora lo recordaba todo con claridad, pero lo siguiente que vio fue una luz azulada clavándose en los párpados que desaparecía hasta volverse negra. Había vuelto a desmayarse.
Tras salir del hospital con un diagnóstico de fuerte contusión en la cabeza y ligera desorientación, se había visto obligada a acudir a la cita con Pyamont en la comisaría. Allí, el detective la interrogó durante varias horas, viéndose obligado a dejarla en libertad por falta de pruebas concluyentes.
- Bien, señorita Perrault, no hemos hecho progresos por lo que cuenta o, mejor dicho, por lo que no cuenta, en lo que a su memoria se refiere, ¿no? –su paciencia iba menguando y empezaba a ponerse realmente nervioso.
- Ya le he dicho que no. ¿No sabe que las niñas buenas como yo nunca mienten? –contestó agobiada después de tanto tiempo en aquellas claustrofóbicas dependencias.
Pyamont no sacaba nada en claro y Layla lo notaba. Pese a la experiencia en casos de ese estilo que tenía el detective, quedaba claro que le faltaban pruebas, pero ella no iba a meter la pata.
- ¡Su versión es, digamos, bastante fantástica! –gritó Pyamont harto de su comportamiento- ¿Pretende que acepte de buenas a primeras que la trasladaron hasta la casa de Grass con una venda en los ojos, drogada o inconsciente y que allí la golpearon y robaron la… ? –Pyamont se detuvo alerta en ese momento. Estaba hablando más de la cuenta.
- ¿Robar? –preguntó indignada Layla – por favor, detective, que sospeche que soy una asesina se lo paso, ¡pero llamarme ladrona! –pensó para sí que se estaba excediendo, pero no podía controlarse.
- Señorita Perrault, escuche atentamente. La falta de colaboración con los agentes policiales es un delito. Deje de usar ese tono cínico y burlón conmigo y váyase. Pero no muy lejos.
- De acuerdo, disculpe. Estoy cansadísima. Le agradezco su propuesta de irme a casa. Si necesita algo de mí, supongo que sabrá encontrarme.
Layla se levantó elegantemente de la silla metálica que había estado cortándole la circulación y estrechó débilmente la mano de Pyamont. Era un gesto que nunca fallaba para mostrar gratitud y fragilidad. Justamente lo que necesitaba en ese momento. De camino a casa, se llamó estúpida por haber jugueteado tanto con él. Había dado la imagen de ir de sobrada y eso no le convenía en absoluto.

- El pájaro no ha cantado, comisario Lepprent.- Espero que no esté perdiendo facultades, Pyamont. ¿Qué alega la chica?
- Niega conocer a la víctima, no recuerda cómo llegó a su domicilio ni qué hacía allí. Según el doctor no presenta indicios de agresión sexual. El traumatismo de la cabeza fue provocado por un artefacto contundente y el resto de magulladuras, más de lo mismo. Incluso algunas son anteriores a la noche del crimen.
- ¿Le ha contado a ella cómo murió la víctima?
- No. No se lo he dicho. Quería exprimirla al máximo y ver si metía la pata. Pero nada. Ni contradicciones ni indicios de que sepa algo más. Parece que está limpia –golpeó con el puño la mesa del comisario -Ya sabe, el arma no aparece, la caja fuerte está desvalijada y ninguna de sus huellas por la habitación.
- Bueno, tanto usted como yo, Pyamont, sabemos que no pudo hacerlo sola, si es que fue ella. Quizá sólo sea una víctima. ¿Ha investigado a sus…? El detective no le dejó terminar.
- Sé cuál es mi trabajo y sé hacerlo, Lepprent.
El comisario le lanzó una mirada orgullosa y, levantando ligeramente el mentón, señaló la puerta de su despacho con la mirada. El detective dio media vuelta y salió caminando despacio mientras encendía un cigarrillo. Se detuvo en el cruce del pasillo y por fin se decidió por la salida de la izquierda, que dirigía hacia la calle y, por lo tanto, a casa.

Ya en su apartamento, Layla miró por la ventana después de darse una larga ducha y decidió que el hombre de gris que llevaba paseando por su calle un buen rato era un policía de incógnito. Era normal que la vigilaran, no había esperado otra cosa. Tenía que ponerse en contacto con Lou y salir cuanto antes de la ciudad. Su interpretación no había estado nada mal, pero pronto descubrirían su relación con Prass. Ese bestia de Lou se había pasado. El plan era salir los dos pitando de allí después de conseguir el dinero de la caja fuerte de Prass, colgarlo como a un cerdo y matarlo. Conocía a Lou desde hacía años y confiaba en él. Es cierto que era un personaje extraño y rudo, pero eso era lo que la atraía de él. Después de lo de Jean Paul la había ayudado a superarlo. Aquello del golpe olía fatal… era más que probable que quisiera haberla matado para quedarse con todo. Se iba a enterar.
-¡Para no creérselo! –bramó, y acercó su sonrisa amarga al borde de la copa de vino que había llenado. Habría hecho cualquier cosa para vengar a Jean Paul. Grass, como había dicho el detective, tenía un nuevo ayudante. Pronto se había buscado sustituto y pronto acabaría con su vida, como había hecho con la de Jean Paul. Hacía casi un año que había muerto, tiempo suficiente para planear su venganza. Jean Paul siempre había sido proclive a los pequeños vicios, pero fue Grass quien le metió de lleno en las drogas. Había hecho de él un títere que vivía a expensas de su mierda de alta calidad, de la que tanto presumía. Trabajaba a sus órdenes y el pobre se sentía orgulloso de ello. Él se merecía mucho más. Layla apretaba la copa con fuerza mientras una pequeña lágrima intentaba asomar por sus preciosos ojos. Los tipos de la calaña de Grass deberían estar todos colgados, pensó. Y, seguidamente, una risita nerviosa acudió a la comisura de sus labios entre tímida y mordaz. Todos colgados, reiteró en su mente y recordó aquella carta del tarot que la bruja le había echado en cara en esa ocasión. Le pendu, rezaba en un recuadro amarillento en la parte inferior y, más arriba, el dibujo de un tipo colgado de un pie y boca abajo. No sabía qué significaba en el lenguaje del tarot, pero qué buena idea le había dado para vengarse de Prass.
- Maldita sea –susurró negando con la cabeza- esa vieja arrugada tiene talento. No debería estar en ese cuchitril. Además, me dio la clave para que ese cabrón sufriera.
Había acudido para que le echaran las cartas por curiosear en general, pero lo que quería saber era cómo iba a resultar todo aquello. Según la mujer se iba a arrepentir, pero de momento estaba saliendo todo perfecto. Todo menos el maldito golpe de Lou. De todas formas, podía delatarle si se ponía tonto, así que se andaría con cuidado. El cáustico y extravagante Lou…En ese momento sonó el teléfono.

Louis seguía de espaldas a ella frente al escritorio como esperando, educadamente, a que terminara de pensar en sus cosas. Estaba tardando mucho.
- Lou, cuanto antes mejor. Dame mi parte del dinero y explícame por qué tuviste que golpearme al salir de la casa de Grass. Y digo tuviste que golpearme, porque quiero pensar que circunstancias ajenas a ti te obligaron.
- Pequeña Layla… No podía dejar que vinieras conmigo. Los dos sabemos que más pronto o más tarde habrías sucumbido a los interrogatorios de la policía. No podía arriesgarme a que me delataras –contestó todavía de espaldas a ella.
- ¿Qué estás diciendo, desgraciado? Acabo de salir indemne de las preguntas y acusaciones, incluso después de dejarme allí tirada. ¡Claro que habría podido mantener la calma! –estaba ofendida y muy enfadada. Eso no iba a quedar así.
- No es cierto. Eres inestable, caprichosa, poco meticulosa. Puede que hoy hayas triunfado, pero la presión te va a poder.
- Eres un… -no le dio tiempo a terminar la frase.
Louis se giró y dejó ver entre sus manos un revólver que iluminó toda la habitación.
- ¿Qué…?
- Calma, Layla. Tú lo has dicho. Cuanto antes, mejor.
Se miraron durante un instante y un escalofrío recorrió el cuerpo de ambos. Un cosquilleo aceleró el pulso de Layla hasta golpearle las sienes rítmicamente. Le ardían. Había acudido a la cita armada, pero no tuvo tiempo de utilizar su pequeño revólver. Louis levantó el arma a la altura del pecho y, sin apartar su mirada de la de ella, se despidió.
- Pequeña... tú tienes tu venganza y yo el dinero. Descansa en paz.
Una sombra cargada con un maletín atravesó la Rue du Loup del distrito diecinueve de París. Solía ser un barrio tranquilo hasta que llegaba la medianoche.

Autora: Yol
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