viernes, 6 de enero de 2017

ASCENSO


Mil novecientos cuarenta, mil novecientos cuarenta y uno, mil novecientos cuarenta y dos… El ascenso era duro, pero su persistencia implacable. Los sucios escalones se desplegaban ante su mirada como un abanico de piedra inexpugnable. Una torre se vislumbraba a lo lejos; un faro, quizá. Su tesón, imperturbable, le recordaba que tenía que llegar a lo más alto, hasta la cima, para poder cumplir con su misión. Una misión que no recordaba quién se la había impuesto o de dónde había salido; ni siquiera si había sido él mismo el promotor de la misma o si obedecía a alguna especie de salvación individual o colectiva. Sólo sabía que era Navidad y que debía seguir ascendiendo.
          Ladeaba la cabeza de vez en cuando, distinguiendo algún pájaro aproximándose a su posición. Le habría gustado detenerse durante un rato, sentarse en uno de aquellos fríos escalones y observarlos. El sueño del hombre: volar. Pequeños jirones de niebla cruzaban a su paso enredándose entre sus piernas. Le habría encantado parar y descubrir sus caprichosas formas y, por qué no, jugar con ellas mientras recobraba el aliento pero, sin planteárselo, continuaba hacia arriba. Y el cielo bajo sus pies.
Dos mil, dos mil uno, dos mil dos… El frío en el rostro ajaba su piel y los profundos surcos que empañaban sus párpados anulaban el brillo que una vez tuvieron sus ojos. El cabello más cano, los huesos dolorosamente débiles y un temblor en las manos provocado por el cansancio y el ansia de llegar al final. Su figura, cada vez más encorvada, ya no se ladeaba para observar las nubes de cuando en cuando o para intentar calmar su piel bajo el cálido sol. Una única finalidad; un destino.

Y dos mil diecisiete. Tensión, nervios y angustia. Una alegría opaca palpitaba en sus sienes mientras se convencía de que por fin había llegado. La cima estaba ahora bajo sus pies. Entonces miró. Al fin sus ojos vieron lo que había allí arriba. Nada. No había nada. Tembló, incluso se ruborizó y, muy lentamente, osó mirar. Desde esa perspectiva, lo que vio abajo le pareció mucho más apetecible que cuando lo tenía al alcance de la mano. Giró sobre sí mismo y contempló la empinada escalera de piedra que había sido su única compañera en todo ese tiempo. Los escalones fríos y grises que se lo habían puesto tan difícil aparecían ahora como una preciosa escalera de caracol plagada de aves volando y volutas de vapor avanzando lentamente. Un camino del que no había disfrutado. Le pareció precioso. Volvió a mirar hacia abajo, hacia el llano que abrazaba a su ciudad, su gente, los festejos navideños. Hacia el calor.

Sólo tuvo que saltar para alcanzarlo.

sábado, 31 de diciembre de 2011

PESADILLA ANTES DE NAVIDAD. Por H.G. WELLS

Un año más el club de los viernes ha compartido lecturas de cuentos de varios autores. Unos han gustado más y otros menos. Ha habido descubrimientos fabulosos y también decepciones.

Para continuar con esta costumbre de crear engendros artísticos al acabar el año (a otros les da por volverse solidarios puntualmente o por hacer recopilatorios de todo lo recopilable), he aquí mi homenaje a Wells, autor que hemos leído durante este mes de diciembre y que ha salido malparado en nuestro club. Espero que desde ahora lo recordemos con una sonrisilla en los labios.

¡¡Os deseo a todos lo mejor para el año que entra!! De verdad.


jueves, 18 de agosto de 2011

I SURVIVED ICELAND

La llaman tierra de hielo y fuego, y con toda la razón. Su paisaje recoge cráteres inertes y otros todavía calientes y activos, restos de lenguas de fuego destructivas, campos de lava, así como glaciares, icebergs a la deriva, nieve y cientos de cascadas. Todos estos salvajes movimientos, hacen que la orografía de Islandia esté en constante evolución. Es un país siempre formándose, siempre inacabado.
Es un paraíso para el geólogo, el senderista, el fotógrafo y, sobre todo, para quien busca contacto con la naturaleza, silencio, tranquilidad (además del obvio regalo para los ojos que es cada rincón de esta isla).
Ideal para sentirse más próximo al corazón de la Tierra, no sólo por la supuesta entrada por el Snaefellsjökull de Julio Verne, sino por el constante recordatorio de que, a su lado, al lado de la Naturaleza, no eres nada.
Subir un cráter, mojarte en una cascada, descubrir las formaciones curiosas del hielo en los glaciares, de roca en las playas y caminar por parajes multicolores son actividades imprescindibles si vas a Islandia.
Aves gritando en medio del silencio, frailecillos, focas y ballenas acaban de decorar con su vivacidad estos paisajes de ensueño. Lo de montar a caballo (aunque sean "de esos pequeños y peludos tan monos") conlleva riesgos para tu escafoide. Y, puestos a recomendar, un 4x4 puede librarte de pequeños "resbalones" por carreteras de grava.
Para relajarte después de las caminatas, nada como tomar un baño en una piscina geotermal completamente natural.
Y lo mejor: el café es más que aceptable.
Una pequeña selección:

Atardecer en Keflavik. Con el Snaefellsjökull al fondo.
Aguas geotermales. Zona de géiseres. Pueden alcanzar los 80-100ºC. Las menos calientes se utilizan como piscinas naturales. Por su exceso, tanto el agua fría como la caliente son gratuitas. Importante: un regulador de temperatura en la ducha.
Saber que todo esto está bajo tus pies, crea una sensación de descontrol muy particular.

Gulfoss:
Landmannalaugar y alrededores del volcán Hekla. Se espera que vuelva a entrar en erupción este año, pues lo hace cada 10 aproximadamente y ya le toca.



Skógafoss:
Dyrhólaey:
Jökulsárlón: laguna de icebergs. Sin palabras.

 Svartifoss, con sus columnas de basalto:

Fiordos del este. Verdes y menos espectaculares de lo que creía.

Mývatn, cráter Viti y alrededores del volcán Krafla. Un paseíto con aromas a azufre y tierras humeantes.





Fiordos del oeste: impresionantes acantilados y paisajes solitarios.



Península de Vantness:






Península de Snaefellsnes: Arnastapi, lugar mágico lleno de leyendas sobre troles, elfos y seres sobrenaturales.




miércoles, 8 de junio de 2011

MILAGRO EN LA CALLE FLINT

            Lo nuestro fue un flechazo. Yo iba por la calle con prisas, como todos los días, cuando algo llamó mi atención. No pude resistirlo y me detuve en medio de la marabunta de gente que discurría por la calle caminando como si una locura transitoria les hubiera alcanzado a todos a la vez. Después de recibir varios insultos y codazos, me atreví a mirarla de frente. Ahí estaba tan bonita, radiante como una piedra preciosa y sola. Estaba tan sola... En un principio no quise asustarla y continué caminando de manera distraída de un lado a otro de la calle mirándola de vez en cuando con disimulo. También crucé algunas veces a la acera donde ella estaba, pero las dudas me asaltaban y volvía a la mía. A mi acera de la calle Flint de todos los días.
Cualquiera que estuviera observándome desde el balcón de su casa habría pensado que yo era imbécil. Eso o que formaba parte de alguna banda de maleantes que próximamente iba a asaltar su domicilio por la fuerza para llevarse todos los objetos de valor. “Sólo tienes que acercarte y preguntar”, recapacité. “No hay nada malo en ello. Pasa todos los días”, me autoconvencía.  
Ella permanecía inmóvil y dirigía su mirada hacia el infinito. Sin duda estaba esperando a alguien. Me armé de valor y crucé sin mirar. Tras los gritos de un taxista que decía algo sobre mi madre, llegué hasta donde estaba. De cerca todavía era más bonita, más esbelta y con una mirada que embelesaba. Me dirigí hacia ella con la mejor de mis sonrisas pensando que el triunfo era seguro. Y así fue.
            Nos fuimos a vivir juntos enseguida y mi vida cambió por completo. Le hice un hueco en mi apartamento y, como todos los principios, el nuestro fue perfecto. Nos lo pasábamos de película juntos, preparaba cenas románticas y nos necesitábamos tanto el uno al otro… Era feliz. Desde que me levantaba, lo era todo para mí. Cuando tenía que irme al trabajo, se quedaba algo apagada, por eso durante mi jornada laboral no pensaba en otra cosa más que en ella.
Como en todas las relaciones, nuestros inicios fueron muy fogosos. Admito que puso el punto canalla que mi vida necesitaba. Nos quedábamos despiertos hasta las tantas de la noche y me mostraba todo su arsenal de armas de seducción de las que no podía escapar. Sus encantos eran tantos que me volvía loco cada noche. Me tumbaba en el sofá y ella me enseñaba cosas que nunca había visto. Siempre dispuesta, inagotable. Incluso cuando yo ya no podía más, me miraba con ojos mimosos para que lo alargáramos un poquito... ¡Era mi sueño hecho realidad!
Los vecinos nos llamaron la atención unas cuantas veces. Al principio fueron unos tímidos golpecitos en la pared advirtiendo que molestábamos. Siguieron con golpes más fuertes que hicieron retumbar las paredes del salón para, finalmente, acabar gritando de pared a pared “¡Escandaloso!”. La verdad es que cuando estaba con ella perdía el sentido. No sabía lo que hacía, lo que no hacía, si gritaba, si reía, si lloraba... Por eso procuré moderarme para no llamar más la atención. A nadie le interesaba lo que yo hacía en mi sofá con Flavia.
Las consecuencias de esta apasionada relación iban en aumento. Tanto, que empecé a sufrir unos dolores de espalda terribles. Me encantaba el sofá, lo había convertido en nuestro nidito de amor pero resultaba bastante incómodo. Cuando llegaba a la oficina por las mañanas literalmente doblado, mis compañeros no paraban con la guasa.
¡Qué, campeón! Ayer hubo movida, ¿eh?  
Y las risas, muchas de ellas producidas por la envidia, resonaban por todas partes.
No hay quien le diga que no... respondía yo según el manual de comportamiento de los machos en la manada.
A ver si un día nos invitas a tu casa y nos la presentas soltaba otro con rintintín.
Tras ese comentario habría lanzado el bote entero de bolígrafos a la cabeza a ese desgraciado, pero Gutiérrez “el chorizo” había vuelto a operar en mi mesa del despacho, dejando un mísero lápiz sin punta como única arma de trabajo. Pegué un puñetazo sobre el monitor y todos se callaron de pronto. A veces hace falta ponerse duro con quienes se burlan de ti. El problema fue que el jefe estaba presenciando la escena, lo cual seguramente provocó el silencio de esas aves de rapiña, y me tocó aguantar un sermón del quince sobre el sentido del ahorro y de la propiedad ajena. Por suerte, gracias a la tacañería de la empresa, no me cargué el monitor. Esos CRT de quince pulgadas aguantan todo tipo de golpes.
Mis amigos y familia estaban encantados con ella. Flavia siempre sabía estar en su lugar, nunca se excedía y, además, era considerablemente servicial. Yo nunca le pedí tanto, pero ése era su carácter. Disfrutaba complaciéndome. Y pronto descubrí que a los demás también.
Mi madre pasaba a menudo por casa pero, curiosamente, siempre que yo no estaba. Decía que iba a visitar a Flavia, que se hacían compañía mutuamente y que las dos estaban muy solas. Incluso un día a la semana había formado un grupo con las vecinas del barrio para reunirse en mi piso con ella y pasar la tarde entretenidas.  
Hijo mío llegó a comentarme un día no sabes el tesoro que tienes en casa.
Sí, lo sé, mamá contesté mientras limpiaba los restos de galletitas saladas desperdigados por el sofá.
Me está modernizando. Me está poniendo al día de todoañadió con un aspaviento circular.
¿Qué más quería? Todos estábamos felices con ella.
Una mañana se me ocurrió llamar a casa desde el trabajo para dar una sorpresa a Flavia. Lo teníamos terminantemente prohibido por el jefe, pero mis ganas de estar con ella superaban cualquier miedo o represalia. Confieso que estaba realmente enganchado. Al segundo tono una voz masculina contestó.
¿Diga?
Me quedé de piedra y sin articular palabra.
¿Hola? ¿Quién es? insistí.
Ahora que había pronunciado más palabras le había reconocido. Era mi hermano.
¿Agus? pregunté intentando ocultar mi ira.
Eh, Tomás. ¿Qué pasa? contestó despreocupado.
¿Que qué pasaba?
¿Qué tal? Cuánto tiempo, hombre intenté disimular.
Sí, desde el fin de semana pasado ironizó.
¿Todo bien? continué como un autómata.
Pues claro. ¿Y tú? ¾dijo suavizando el tono esta vez ¿Estás bien?
Sí, claro, perfecto mentí.
Pues nada, mamá me ha dicho que viniera a recoger algo que se dejó el otro día y aquí me he quedado un rato con Flavia.
No lo podía creer. ¿Qué se habían pensado todos? ¿Que mi casa era su casa? ¿Que podían entrar cuando quisieran? ¿Qué culpa tenía yo de que mi hermano fuera un haragán y mi madre una metomentodo? No podía más.
A partir de ese día empecé a cambiar de actitud. Disolví  la secta de los jueves creada por mi madre, le dije que me devolviera la llave de mi apartamento y registré su cartera para quedarme con cincuenta euros por daños y perjuicios. No, no fue un robo. Todo el tiempo que ella y sus amiguitas pasaban en casa consumían. Sobre todo electricidad. La última factura me había asustado.
¿Trescientos euros? grité a la voz del otro lado del teléfono.
Señor Tomás, los kilovatios consumidos en su domicilio son correctos. Puede tomar la lectura de su contador si lo desea cada mes para chequear la eficacia de nuestra compañía contestó una voz femenina.
Colgué  antes de que siguiera encantándome con su dulce e inánime voz de sirena. Esa criatura había sido entrenada para aguantar quejas sin inmutarse durante sus catorce horas de jornada laboral. Mi derrota era segura.
Pese a haber echado a todo el mundo de mi casa, mi situación económica siguió empeorando. La factura de la luz seguía siendo angustiosamente elevada y el fisio me había recomendado que fuera tres veces por semana para eliminar las contracturas de mi espalda. No podía con todo. Me volví huraño, mezquino, apático. Me pasaba el fin de semana en casa encerrado con Flavia. Mis amigos me llamaban y me aconsejaban. En definitiva, me agobiaban.
¡Tomás! Estás raro, tío. ¿Por qué has dejado de salir? ¿Te has buscado un ligue por internet?
Yo pasaba de ellos, no los necesitaba. Tampoco a mi madre y a mi hermano. Ahora se preocupaban por mí, pero habían estado a punto de adueñarse de mi vida, de mi casa y de Flavia.
¡Se os ve el plumero! grité por el balcón la última vez que vinieron a visitarme.
Cada día tenía peor aspecto, los ojos totalmente enrojecidos y dormía apenas un par de horas. Hasta que llegó ese día.
Una mañana, aburrido en el trabajo y sin poder buscar nada en internet porque nuestro jefe había cortado el suministro, me dediqué a repasar la correspondencia. Quizá fueron imaginaciones mías, pero me pareció que el cartero me guiñaba un ojo cuando me entregó las cartas. Encontré facturas de proveedores, extractos bancarios, lo de siempre… cuando de entre la propaganda electoral que iba directa a la trituradora, salvé un folleto de una tienda de electrodomésticos. “Perfecto”, me dije, “lo que necesitaba para pasar el rato hasta la hora de salida”.
Me dirigí al cuarto de baño con el folleto escondido debajo del jersey y allí me senté a hojearlo. Cafeteras, tostadoras, planchas eléctricas… pasé rápidamente las páginas dedicadas a cocina y televisores cuando de pronto lo vi. ¡Un disco duro externo de diez terabytes por noventa y nueve euros! Me enamoré de él en ese mismo instante. Negro, de formas aerodinámicas, fuerte, potente, compacto. Me estaba excitando. ¡Además la publicidad era de la tienda de la calle Flint, por la que pasaba todos los días! Pero, un momento, ¿y Flavia? ¿Estaría de acuerdo con la decisión? Esta novedad le afectaba directamente. Además, la traición iba a producirse en el lugar donde la había conocido, donde la compré. En nuestro lugar especial.
Pese a las dudas, a las seis en punto salí como un rayo y llegué  a la tienda. Allí estaba. “West”, anunciaba una brillante inscripción tatuada en su contorno. Orgulloso, me incitaba con su base prominente. Saqué mi tarjeta de crédito y la miré durante unos segundos. ¿Podía hacer frente a ese gasto? Concluí que sí, que ahorraría de donde fuera y convencería a Flavia de que era nuestro complemento ideal. ¡Había que ser un poco más lanzado! ¡Pondría un punto picante en nuestra vida! Además, ahora que lo había descubierto no podía pasar sin él. Entre tales reflexiones algo llamó mi atención. Eran las imágenes proyectadas por las televisiones de la tienda. A esas horas lo habitual habría sido estar en casa viendo el concurso de todas las tardes con ella. Sus congéneres, modelos similares a mi Sony Flavia, me estaban lanzando sus destellos como una señal. “¿Vas a abandonarla después de lo que habéis pasado juntos?” Me sentí fatal, pero una fuerza superior a mí estaba llamándome hacia aquel disco duro. Su botón de encendido me estaba poniendo cachondísimo y no sólo de Gran Hermano vive el hombre. Pagué de inmediato para llegar a casa y conectarlo.  
Al principio Flavia se lo tomó a bien. Era un compañero más, cuyas funciones potenciaban las suyas. Formábamos un trío perfecto: él tenía una capacidad y potencia inusitadas; ella seguía exhibiéndose como nunca y yo flipaba en colores. Éramos felices juntos hasta que llegaron los celos.  
Flavia empezó a apagarse cuando le venía en gana y a veces no detectaba la señal a propósito. Insistía en que no era culpa suya, que la antena de la comunidad debía de tener algún problema, pero a nosotros no nos la colaba. También dejó de sintonizar canales nuevos y poco a poco nos fuimos distanciando. Sólo la utilizaba para ver las películas que grababa West. Empecé a aficionarme a todo tipo de cine y me olvidé de programas de cotilleos, series malas y concursos amañados. Grabé las películas de los más grandes de todos los tiempos: Hitchcock, Welles, John Ford, Juan Carlos Fresnadillo... en definitiva, ¡me estaba culturizando! Durante el último mes no era el único que había notado que estaba menos despierto y no sólo por las horas que pasaba delante de la televisión. También mis neuronas estaban adormecidas, lentas. Me costaba tomar decisiones en el trabajo y hacer simples cálculos mentales. Todo esto no lo habría detenido sin la ayuda de West.
 
Flavia no pudo más, así que un día se apagó y no volvió  a encenderse, por lo que trasladé a West a mi dormitorio y le acoplé el monitor del ordenador que tenía en otra habitación. Así seguimos pasando los días enteros, lejos de ella.
 
Todavía no se lo he contado a mi madre. Algún día tendré que dejar de cerrar la habitación para ocultarlo cuando viene de visita, pero no encuentro el momento. No sé si lo comprenderá. Yo siempre había tenido unos gustos muy definidos, pero así es el amor. Todavía sigue preguntándome por Flavia e insistiendo en que llame a un técnico, pero yo le doy largas.
 El colchón de la cama es mucho más cómodo que el sofá, así  que han mejorado mis problemas de espalda. Ya no comparto pared con los vecinos, por lo que nadie me agobia por tener el volumen alto hasta las tantas de la madrugada. He retomado el contacto con mi familia y gano siempre que juego al Movies con mis amigos. West y yo somos felices. He olvidado a Flavia rápidamente por las grandes prestaciones que me ofrece él y así seguimos desde entonces, como uña y carne. ¡Todo son ventajas!

Autora: Yol
Incluido en el recopilatorio del IV concurso de primavera del foro "Ábretelibro", Aromas de papel.

viernes, 24 de diciembre de 2010

BORGES

Este año el Club Borges me ha enseñado que un texto puede leerse desde, al menos, siete puntos de vista distintos. Que nada es lo que es, sino mucho más. Que siempre hay espacio para nuevas ideas y que los gustos de cada uno de nosotros, por muy contrapuestos que sean, pueden llegar a confluir en algún punto perdido del laberinto de Asterión.
Este año, mi descubrimiento ha sido Borges y, aunque no entienda muchas cosas de las que dice, me ha gustado la experiencia de conocer mejor los amplios mares de mi ignorancia.
Así que, gaucheros y eruditos, seguid disfrutando de todo lo que os hace pensar, indagar, interpretar, inventar y ser libres, como yo intento hacer.
¡Mirad cómo se ríe el cabrón!

miércoles, 17 de noviembre de 2010

EL LOBO ESTEPARIO, HERMANN HESSE

"El hombre no es algo creado ya, sino una exigencia del espíritu, una posibilidad lejana."
"No querer saber que el apego desesperado al yo, el desesperado no querer morir, es el camino más seguro para la muerte eterna".

Me ha gustado muchísimo, aunque hay que comprender que a quien no le gusten las lecturas profundas y simbólicas no le encontrará la gracia. Es una novela llena de situaciones absurdas que hay que saber interpretar.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS Y A TRAVÉS DEL ESPEJO, LEWIS CARROLL

Alicia en el País de las Maravillas es un clásico que la mayoría de nosotros conocemos por referencias varias. Un mundo fantástico, lleno de risas, conversaciones ambiguas y dobles sentidos. Es tan original que si hubiera sido una novelita más larga habría triunfado todavía más.
Frase memorable de la Duquesa: "Nunca imagines no ser de otro modo que lo que a los demás les parece que eres o hubieras sido o pudieras llegar a haber sido, sino todo lo contrario".
A través del espejo y lo que Alicia encontró allí es menos conocido, pero no por eso menos interesante. De hecho, no sé si por conocer menos la historia, me ha gustado más. Los personajes no tienen desperdicio, especialmente la Reina Blanca y su memoria inversa. Más juegos de palabras si cabe y enigmas que no sé si he sido capaz de resolver.

EL CASTILLO, FRANZ KAFKA

Aparte de opresivo y agobiante, me quedé con una sensación desagradable al ver que al fin y al cabo todos los personajes intentan conseguir algo al precio que sea. Al principio parece todo muy absurdo y sin sentido, lo cual hace hasta gracia, pero al ver cómo se las ingenian para conseguir subir (hacia, pero nunca hasta el castillo) se ve que lo único que ansían es poder y más poder utilizando a los demás.

Además de la burocracia, inadmisión en la sociedad, etc. veo esta última crítica al afán de poder, cada uno en su ámbito.
Una novela inacabada maravillosa, surrealista y cruel.
Fantástica. O no.

CRIMEN Y CASTIGO, FIODOR DOSTOYEVSKI

Maravillosa novela que puede resultar complicada y tenebrosa por su carácter oscuro e introspectivo.
Personajes magníficamente desarrollados, plasmados, llenos de detalles, muy ricos, hipnotizan al lector.
El arrepentimiento hecho libro.












EL OCHO, KATHERINE NEVILLE

Una Indiana Jones contemporánea vive mil y una aventuras para descifrar los misterios de un poderoso ajedrez rozando la incredulidad.
Paralelamente, dos monjas durante la Revolución Francesa conocerán a infinidad de "celebridades" que curiosamente están relacionadas con el peligroso juego del ajedrez.
Más lograda la parte del pasado que la contemporánea. Aún así, demasiado fantasiosa y pesada en algunos momentos.

EL JUEGO DE ENDER, ORSON SCOTT CARD

No soy lectora asidua de ciencia ficción y éste es un libro ideal para iniciarse o engancharse.
Además de las características típicas de este género, encontramos personajes con un mundo interior riquísimo. Sus pensamientos y emociones pasan a ser el elemento principal en detrimento del propio "juego".
También abunda la denuncia social.
Muy bueno. Imprescindible.

LA NOCHE DEL ORÁCULO, PAUL AUSTER

Es una novela llena de desencuentros, símbolos y señales. Los personajes nunca llegan "a tiempo" para solucionar las cosas.

Mantiene la intriga y tiene un ritmo ágil, aunque veo grandes saltos entre lo surrealista y lo real.
Sumando lo bueno y lo malo, le doy un aprobado justito.

LOS PILARES DE LA TIERRA, KEN FOLLETT

No es una novela psicológica ni demasiado profunda.
No hay misterios que resolver ni enigmas que nos tengan en vilo.
Es una novela larga pero con un argumento tan simple como la vida de un grupo de personas que tienen en común Kingsbridge y su catedral.
Intercala aventuras de las que salen favorecidos y otras de las que no, manteniendo el interés gracias al lenguaje sencillo.
No es el estilo que más me gusta. Aprobado.

viernes, 5 de noviembre de 2010

AL OTRO LADO

(Si supieras cuántas veces susurré

tu nombre junto a la ventana…)

I

El fuerte impacto en la espalda le sobresaltó y se encontró mirando hacia el techo dolorido y angustiado. Con las piernas y brazos extendidos, forcejeó hasta darse la vuelta, mantuvo el equilibrio y corrió con las manos cubriéndose la cabeza hacia la única ventana de la habitación. Una vez allí, miró con miedo a través de ella, pero no pudo ver gran cosa. El cristal estaba empañado y sólo divisó colores difuminados y formas inexactas. Pequeñas figuras geométricas adheridas como las celdas de un panal de abejas conformaban su mundo. Al instante, se descubrió limpiando con la palma de una mano huesuda y blanquecina el vapor de agua que reposaba en la ventana. A ese barrido desordenado le siguieron pequeños trazos dibujados por su dedo índice hasta que el cristal quedó completamente decorado con jugueteos sin sentido. Líneas rectas, onduladas, circunferencias que nunca llegaban a cerrarse… De pronto su mano paró y, tras un corto lapso de tiempo, empezó a escribir letras sueltas que acabaron formando una palabra: ROGERG.

Roger G., eso era. ¿Eso era? Ése era su nombre. No debía volver a olvidarlo. ¿Olvidar qué? Creyó que su cuerpo no le pertenecía al comprobar que el dedo se le había quedado dormido por el frío.

La calidez y suavidad de una lágrima sobre su muslo hizo que despertara de la ensoñación en la que había caído. Enderezó su cuerpo desnudo y, dejando atrás la posición fetal, bajó del alféizar de cinc de un salto logrando mantener a duras penas el equilibrio. Un líquido viscoso le recorría parte de la cabeza, el cabello y casi la totalidad de la espalda. ¡Qué frío estaba el suelo! Pasos muy cortos y rápidos le dirigieron hacia la cama con el objetivo de cubrirse con una manta, pero cayó al suelo después de resbalar. La cantidad de mugre e inmundicia que reinaba por la habitación paró en seco su caída para acabar llevándolo a vomitar a una esquina. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué clase de vida había estado llevando? ¿Vida? Y lloró. Ahora podía sentir la calidez de las lágrimas rodando por su cara, alcanzando sus labios. Se entretuvo atrapándolas con las manos mientras resbalaban por sus mejillas y su mentón como si fuera un chiquillo jugando con los desatinos de la vida.

Un grito inconsciente surgido de su propio ser, o un gemido, o un chirrido metálico e inhumano, provocó que saliera del estado de shock y se girara para observar el espectáculo denigrante que murmuraba a sus espaldas en forma de una gran montaña de basura viviente; pura porquería que le estaba incitando y un deseo animal de retozar en aquel cúmulo de desperdicios afloró en lo más hondo de su ser. Una lucha interna entre el hombre, el ser humano que ahora era, contra los instintos más bajos de un insecto maloliente que disfrutaba de la podredumbre le estaba desesperando. Por un lado, no quería hacer otra cosa que avisar a sus padres y a su hermana que habían estado tan preocupados por él durante los primeros meses. Los primeros.

Por otro, un instinto animal indefectible y feroz le arrastraba hacía los montones de basura. Gateó hacia el centro de la habitación, olvidando la comodidad que la cama y la manta ejercerían sobre su cuerpo debilitado. Allí mismo, sollozando y murmurando su supuesto nombre, encogió su cuerpo hasta rodear las rodillas con los brazos y se abandonó a la suave luz de la luna que ya entraba por la ventana. No apartó la mirada del cristal: Roger G. Ése eras tú. Eres tú.





II

Al fin amaneció. Abrió los ojos mientras pensaba en cómo iba a afrontar a partir de ahora la realidad, esa cruel losa de la que más de una vez había imaginado librarse. Nunca se le había dado bien improvisar. Su agenda siempre había estado llena de tareas diligentemente ordenadas y ahora sufría por cómo iba a conseguir volver a ser él. Abrazar de nuevo a su madre, a su hermana, volver a la vida cotidiana que le había dado más disgustos que alegrías; pero, al fin y al cabo, su vida. Sonrió mientras recordaba. Cuántas veces había tenido la misma sensación de incomprensión ante la realidad. La realidad que ahora era completamente diferente para él. Se frotó el cuello con una rapidez pasmosa y se dirigió hacia el escritorio de la habitación sin dejar de girar la cabeza hacia la ventana repetidamente. Se obligó a enderezar el cuerpo, a liberar las manos del suelo pringoso y a caminar despacio y con gracia como antaño. La vieja silla de madera crujió al sentarse y su sobresalto fue tal que de un manotazo desparramó por el suelo las muestras de paño que descansaban sobre la mesa. Se quedó mirándolas despacio, desde arriba, con ternura, concluyendo con un gesto de incredulidad. No mires y recoge lo que has tirado al suelo. No levantes la vista. No te va a gustar lo que vas a ver. Resiste. Pero una ojeada rápida bastó para que la imagen del espejo atrajera su atención. Su cuerpo apareció reflejado y una mueca de dolor e incomprensión se dibujó en su rostro. Le costó reconocerse, pero al mirar en el fondo de sus pupilas supo que no había duda. Su cuerpo estaba demacrado, delgado, fláccido, ¡claro que lo estaba!, pero eso era lo de menos… Los hombros caídos, la mirada perdida… y ese extraño tic que le hacía alzar las manos a la altura de la boca y morderse los dedos sin parar. ¡Maldita sea! Se agachó y volvió a correr hacia la ventana ayudándose con las manos.

Iba a tener que organizar el cuarto antes de dar la noticia a su familia. No podía permitir que vieran en qué se había convertido el habitáculo. Quería causar buena impresión; volver como es debido. Limpio, en orden, elegante. Así es como recibiría a sus parientes, amigos, compañeros de trabajo… Acabar con toda esa inmundicia era prioritario y luchar contra el insecto apestoso que había habitado en su lugar, crucial. Miró de reojo la porquería de la habitación que pareció multiplicar su hedor al contrastar con la claridad y pulcritud de la mañana y, enterrando el instinto animal que le invadía, intentó abrir la ventana para ventilar. Eres un hombre Roger G.

Accionó la manivela, pero no fue capaz de abrirla. Algo estaba entorpeciendo el cierre desde afuera. Se quedó pensativo reposando la barbilla en la palma de su mano izquierda mientras se apoyaba en el alféizar, y miró a través del cristal. Lo que al principio le había parecido la calle, se convirtió, al aguzar la vista, en otra habitación de características similares a la suya. Dos mujeres, una de mayor edad que la otra, hablaban de forma animada y reían de vez en cuando escondiendo con la mano sus pequeños dientecillos. Intentó centrar la vista cerrando y abriendo fuertemente los ojos, pero la imagen seguía siendo la misma. Habría jurado por lo más sagrado que desde la ventana de su habitación siempre se había visto la calle, el tránsito de los automóviles, los vecinos del barrio caminando con prisas, el hospital gris de enfrente con sus ventanas siempre cerradas como ojos que no quieren ver. Y resultaba que allí mismo tenía vecinos.

Mientras imaginaba cómo sería entablar de nuevo una conversación (con una señorita, por ejemplo), un gesto inconsciente de su brazo rozó el cristal. (Buenos días, buenos días. ¿Cómo se encuentra usted hoy, damisela? ¿Damisela? Bien, gracias, ja, ja, ja… Sí usted también se conserva igual de joven…) Toc, toc. Aquellas mujeres ni se inmutaron. (¿No me diga? Anoche mismo vi al señor Berlouschi salir del edificio con muy buena compañía, ja, ja, ja…) Volvió a golpear el cristal con los nudillos, ahora ya completamente dueño de sus actos, esperando que alguna de esas mujeres se girase atraída por el ruido y le saludara amablemente. Se sentía solo, desamparado, abandonado. Necesitaba entablar conversación con otras personas. Prodigarse como ser humano. (¿Esta noche? ¿En el restaurante de la calle Charlotte? ¡Perfecto! Le acompañaré encantado, señorita…) Nada. Pensó que estaban distraídas por la conversación que mantenían y se limitó a mirar. Se acomodó frente a la ventana para seguir observando lo que ocurría y se agachó lo suficiente como para que sólo se vieran sus ojos y frente en caso de que aquellas mujeres avanzaran en su dirección. Recorrió la sala vecina con la mirada y se percató de que, pese a que las dimensiones y distribución de la misma eran muy similares a la suya, los muebles que la decoraban eran elegantes y estaban fabricados con buenos materiales. Las sillas enfundadas en terciopelo rojo, el escritorio de patas torneadas cubría elegantemente toda una pared, la lujosa cómoda, el espejo, magnífico y suntuoso, era el rey de la habitación. También le pareció divisar una funda de violín sobre un sofá y un atril con lo que serían partituras. Sin duda, sus vecinos eran personas pudientes y, por lo que se desprendía de los gestos de las mujeres, educadas y corteses.

Si alguien pudiera ver cómo acechaba a aquellas damiselas… ¡por Dios Santo! Sabía que estaba haciendo mal, que no debía espiar el cuarto de al lado. Esas pobres mujeres indefensas podrían descubrirle y su reputación acabaría por los suelos… por los suelos del estercolero en que se había convertido su habitación. Pero siguió mirando. Estaba claro que los instintos animales que le habían dominado últimamente seguían asentados en el fondo de su ser.

Abrió mucho los ojos y respiró profundamente como presintiendo lo que iba a suceder a continuación. Las damas, siempre ajenas a su presencia, se dirigieron hacia la puerta para abrirla y dar paso a una masa enorme y negruzca similar a un escarabajo que, con tímidos pasitos, se adentró en la habitación. Desde la posición de este insecto espeluznante se podía ver al frente la ventana donde él observaba agazapado, y creyó que durante unos instantes le había descubierto. Que estaba allí mirándole quieto, callado, moviendo sus antenas y mandíbula como si le comprendiese, pero la mujer joven comenzó a espolear al animal con una vara hasta que lo situó en una esquina del cuarto. ¡No podía creerlo! ¿Acaso estaba soñando? Él, Roger G., había despertado tirado en el suelo con forma humana después de haberse convertido, hacía Dios sabe cuánto, en un insecto y ahora descubría al otro lado de la ventana algo parecido a su pasado más inmediato. Había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto hacía que estaba encerrado en esa habitación, pero la certeza de haber sido olvidado y abandonado por su familia se hizo todavía más presente al haber entablado aquella pseudo conversación visual con el insecto. ¿Qué significaba todo aquello? La incertidumbre le abatía y siguió espiando a través del cristal tensando todos los músculos del cuerpo.

Las mujeres seguían hablando entre ellas risueñas y pendientes en todo momento de la puerta que había quedado entreabierta. Mientras, el insecto daba vueltas en torno a sí mismo sin parar y, de vez en cuando, se golpeaba contra la pared o el escritorio. Cuando esto ocurría, alguna de las mujeres se acercaba a una distancia prudencial pero suficiente para azotarlo con la vara. En esos momentos, éste se detenía y, como arrepintiéndose, intentaba retroceder sin saber cómo hacerlo. Entonces, ante los nuevos tropiezos del gigantesco insecto, las mujeres aumentaban su agresividad y abrían la boca para gritar, cambiando el dulce gesto de sus rostros por las formas de la rudeza y la maldad.

Todo aquello le resultaba sumamente familiar y sus ojos se humedecieron una vez más. Ver aquel espectáculo grotesco era como recordar los días pasados encerrado en aquella habitación. Volver a vivir la angustia de la incomunicación y malentendidos. ¿Podría aquel insecto comprender lo que los humanos hablaban como él lo había hecho? ¿Estaría intentando comunicarse con ellos de forma pacífica sin lograrlo? ¿Tendría sentimientos y estaría sufriendo al igual que él cuando era consciente de que lo único que causaba era miedo y asco a su familia?

Sofocadas por el esfuerzo, las mujeres se volvieron al mismo tiempo hacia la puerta, por donde apareció un hombre de avanzada edad que caminando pesadamente. Nada más entrar, abrazó a la mujer mayor, que parecía no respirar bien. Tras dejarla a cargo de la muchacha joven, se dirigió hacia el grotesco animal y le lanzó furioso lo primero que encontró a mano. Una manzana del frutero quedó incrustada en su espalda y el grandioso insecto no volvió a moverse más que para abrir la mandíbula de vez en cuando. No podía soportar lo que estaba viendo. ¿Qué clase de gente vivía allí? ¿Dónde quedaban las formas agradables y corteses? ¿Qué escondían entre sus dientecillos afilados de ratón aquellas supuestas damiselas?

Mientras recordaba las injusticias cometidas con él, vio cómo al rato entraron en la sala varias personas cargando con sillas y taburetes debajo del brazo. Fueron colocándolas delante del insecto, no sin esconder risas y muecas a medida que pasaban cerca de él. De esta manera, convirtieron el habitáculo en una sala de representaciones, en un teatro, en un circo. Una vez acomodados los asistentes, la muchacha se dirigió hacia el sofá donde permanecía el violín. Lo sacó delicadamente de su funda, hojeó las partituras y se dispuso a tocar. La melodía logró traspasar el vidrio de la ventana que separaba ambas habitaciones y Roger G. escuchó las notas más hermosas que jamás habría imaginado. ¡Qué maravilla! Cómo tocaba el violín aquella joven. Del angelical gesto de rasgar el arco contra las cuerdas emergía la más dulce y sensual marea de emociones. Cerró los ojos, al igual que ella mientras tocaba y, balanceando ligeramente la cabeza, sintió paz. Una paz que, desgraciadamente, duró unos instantes, pues al abrir de nuevo los ojos tuvo que presenciar la deleznable actuación que estaba teniendo lugar. El escarabajo, presa como él de la melodía, caminaba torpemente de un lado a otro, en una especie de danza enfermiza que le llevaba a golpes entre paredes y muebles. Los espectadores aguantando las risas, daban palmas de vez en cuando, se levantaban del asiento para poder examinar mejor el movimiento de las frágiles patas del grandioso animal y asentían conformes a la mujer mayor y al hombre grueso. Éstos, orgullosos, devolvían la sonrisa a los asistentes mientras guardaban fajos de billetes en uno de los cajones de la cómoda. A medida que la melodía se aceleraba el escarabajo embravecía y se movía cada vez más rápido, trepando incluso por las paredes, retorciéndose mientras con los apéndices que sobresalían de su cabeza sondeaba los límites de la habitación. Los espectadores aplaudieron estupefactos al comprobar que echaba a andar por el techo, haciendo bambolear la lámpara en su baile frenético hasta descender exhausto al terminar la música.



III

Roger G. pasó el resto del día sumido en sus recuerdos. La mayor parte del tiempo miraba a través de la ventana la habitación vecina ya vacía. El terrible espectáculo que había vivido le había afectado. Sentía lástima por el insecto, pero estaba todavía más triste por los recuerdos que había liberado su mente. Recordaba nítidamente a sus padres terriblemente asustados, a su hermana tan diligente al principio y su posterior tendencia al abandono. Los inquilinos a los que habían alquilado una habitación de la casa para poder mantenerse económicamente, ya que él había dejado de trabajar. ¡Era terrible! En cinco años no había faltado un solo día al trabajo y, de pronto, aquello. Había hundido a su familia en la miseria y las miradas que le dedicaban estaban cargadas, además del miedo infundido por un coleóptero de sus dimensiones, de resentimiento. Sumido en estos pensamientos, cayó rendido en la cama y, por fin, fue capaz de dormir durante un buen rato.

Le despertó un ruido en la ventana. Miró hacia ella todavía tendido y le pareció ver una sombra. No dudó en acercarse sigilosamente para comprobar de quién se trataba, pero al asomarse no consiguió ver más que una mancha oscura saliendo por la puerta de la habitación contigua. Un impulso involuntario colocó su mano en la manivela de la ventana e intentó accionarla de nuevo. Pese a haber comprobado anteriormente que no podía abrirse, esta vez el mecanismo funcionó perfectamente provocando un rechinar metálico que vaticinaba la concesión de su mayor deseo. Por fin iba a poder salir de aquel cuarto. Iba a ser libre. Tiró de la hoja de la ventana y una ráfaga de aire fresco le recorrió la cara. Al bajar la mirada, encontró garabateadas unas letras en la parte inferior del cristal. Se acercó para comprobar qué decían, y un pequeño alarido salió huyendo de su garganta. GREGOR. Ésa era la palabra que alguien desde dentro de la habitación contigua había escrito en él. Entornó la hoja de la ventana y, al leerlo desde su lado, no pudo evitar soltar una risita histérica. Haciendo un pequeño esfuerzo cayó en la cuenta de que las letras de ese nombre también conformaban el suyo. La duda le invadió de nuevo. ¿Se había atribuido el nombre al leerlo en el cristal? ¿Quién era él realmente?

Lo último que pudo ver desde el lugar que le había mantenido apartado del mundo le erizó el vello de todo el cuerpo. Al fondo de la sala donde había tenido lugar aquella terrible actuación circense, la puerta se abría y daba paso a una visión espantosa. Comunicaba con un largo pasillo oscuro y estrecho que desembocaba en otra habitación con su propia ventana. Permanecía cerrada y, a través de ella, se distinguía la silueta de una figura humana mirando con la cara pegada contra el cristal y las palmas de las manos extendidas. Saltó a través de la ventana lo más rápido que pudo a la habitación vecina y avanzó por ella, cuando comprobó aterrorizado al pasar frente al majestuoso espejo que su cuerpo acababa de transformarse de nuevo en el de un gran escarabajo.

Autora: Yol
Ganador del I Concurso "Versionando clásicos" de ¡Ábrete libro!, Érase otra vez...